martes, noviembre 14, 2017

Sobre el abuso sexual de mujeres a hombres

¿Conocen a algún hombre que haya sufrido acoso o agresión sexual por parte de alguna mujer?

Esta misma pregunta la hice en mi cuenta de Twitter hace poco más de dos semana, y la respuesta que obtuve me sorprendió mucho, pues nunca imaginé que esta modalidad de abuso sexual fuera algo tan común (o al  menos más común de lo que imaginaba).

Antes de entrar en el tema y presentarles algunos testimonios que me llegaron al correo electrónico y a Twitter, me gustaría aclarar que con este post no busco homologar esta práctica con los acosos o abusos que sufren las mujeres por parte de los hombres. Tampoco pretendo banalizar los hechos ni minimizar un acto para engrandecer el otro; mucho menos, victimizar al género masculino para que salgan con su cantaleta de: “¿Ya ven, mujeres? A nosotros también nos acosan y nos violan, y no la andamos haciendo de pedo como ustedes”. Y no: tampoco hice este post "por moda", como por ahí se refieren algunos a tanta denuncia que ha salido a la luz últimamente. Nada de eso. Y quien así lo tome, pues qué triste, la verdad...

Los ejemplos ahí están: Harvey Weinstein, Louis C.K., Bill Cosby, Roman Polanski, Woody Allen, Dustin Hoffman, Felipe Montes, etc. Las estadísticas, también: claramente es más frecuente que un hombre acose o abuse de una mujer a que suceda lo contrario, porque, pues sí: el mundo es una sociedad patriarcal, snif. Pero quería hacer este ejercicio desde hace tiempo para ver si podemos dejar de lado esa guerra de géneros que casi siempre surge cuando se toca este tema, y ver también si podemos tratar el problema desde un punto de vista neutral: desde el género humano como tal. Humanos respetándose mutuamente.

Quería hablarlo porque siento que, al no hacerlo, seguimos perpetuando la hegemonía machista; pero esto se los explico más adelante. Por lo pronto, a continuación les presento algunos de los testimonios que me mandaron. Fueron nueve correos y varias menciones en Twitter (que, por cierto, agradezco mucho la confianza que tuvieron para compartirme algo tan personal). Tres personas de las que me enviaron email me comentaron que si quería compartir sus experiencias, podía hacerlo; a los demás no quise plantearles esta opción si ellos no lo mencionaban por voluntad propia.
Aquí van (dar clic en imágenes para agrandarlas):  
Confieso que hasta hace poco no conocía hombre alguno que hubiera sufrido acoso o abuso sexual por parte de una mujer. Bueno, más bien, no veía esta conducta como tal (y, al parecer, quienes la habían padecido, tampoco lo veían así). ¿Por qué? Pues por lo que mencioné anteriormente: por la cultura del machismo. Como hombres suponemos -y a veces ni eso- que el machismo sólo perjudica a las mujeres, sin percatarnos del daño que a nosotros mismos nos ocasiona.
La educación machista nos programa para, entre otras cosas, no llorar, aguantarnos todo "porque somos hombres" y nunca decirle "No" a una mujer que "quiere algo con nosotros", porque, pues, ni que fuéramos jotos, ¿no?
Vivimos en una sociedad que nos predispone a traducir el acoso como un halago, a verlo como sinónimo de lo irresistibles que le resultamos al género femenino, a percibirlo como el culmen de nuestra hombría. Por lo tanto, creo que al minimizar o normalizar esto, al verlo como una complacencia o lisonja de ellas hacia nosotros, sentimos que del hombre hacia la mujer debe ser igual; por lo tanto, ellas deberían interpretar de esta forma "inofensiva y halagadora" nuestras miradas, piropos o avances lascivos. Tal vez si lo viéramos al revés, sin ese velo machista, podríamos sentir un poco de empatía por las mujeres que incluso llegan a sentirse atosigadas por un "Hola, guapa".

Hace algún tiempo en este blog les platiqué sobre un abuso sexual que sufrí a la edad de 3 ó 4 años por parte de una chavita que ayudaba con las labores domésticas en casa de mis papás.
Cada que mis padres salían y me dejaban encargado con ella, me quedaba llorando. Al principio pensaban que lloraba por chiflado, pero luego se les hizo raro tanto llanto. Un día, mis padres disimularon irse. Yo, como siempre, me quedé llorando desconsolado. Esperaron afuera de la casa unos minutos y luego volvieron a entrar sin hacer ruido. Fue entonces que sorprendieron a la chica haciéndome sexo oral sobre la mesa del comedor.

Hasta hace un tiempo no me refería a este episodio de mi vida como "abuso sexual" por lo mismo: machismo. ¿Cómo va a decir un hombre que una mujer abusó de él? ¿Acaso es puto? ¿Acaso no le gusta que las mujeres lo deseen, lo toquen y lo besen? ¿Qué hombre dejaría pasar una oportunidad así? ¡Al contrario! ¡Qué halago! Por lo mismo, nunca me sentí víctima de abuso sexual, y también porque ese episodio de mi vida lo tengo bloqueado: por más que lo intento, no me acuerdo, a pesar de tener muchos recuerdos de aquella época. Y quizás también porque "era una desconocida". Pero como me dijo una vez un amigo: “Aunque no te acuerdes, fuiste un niño abusado sexualmente, y eso trae consecuencias tanto en conducta como en personalidad; y parte de que no te sientas abusado, es por la programación machista que has recibido”. Y ¡booolas!, me cayó el veinte.

De hecho, hasta hace poco solía platicar esta anécdota de mi infancia a la menor provocación, casi siempre en reuniones; incluso con desconocidos. Me gustaba contarla con humor, a veces exagerándola  para desatar las carcajadas de los presentes. Relataba la anécdota como una hazaña de mi hombría, me vanagloriaba de mi supuesto aspecto irresistible desde pequeño, del tamaño de mi pene, de "haber perdido la virginidad" a los 4 años: ¡un récord! ¡nadie me ganaba! Y sí, qué triste, pues con esa actitud era parte del problema. ¿Por qué era parte del problema si el abusado había sido yo? Pues porque le abonaba a la hegemonía del machismo, porque minimizar esto es minimizar lo otro; porque con este molde de pensamiento ¿cómo podríamos ser empáticos con las mujeres y su situación de acoso y abuso?

Después de que me cayó el veinte de lo del abuso sexual -aunque confieso que sigo sin sentirme víctima por las razones que ya les platiqué- me puse a pensar cómo sería yo de no haber vivido ese episodio que, según la psicología, marcó mi personalidad. También me pongo a pensar qué hubiera pasado si el abusador hubiera sido un hombre. O qué tal si hubiera sido alguien cercano; algún familiar. ¿Lo recordaría, o también lo tendría bloqueado?, ¿ahí sí me sentiría como un niño abusado, o tampoco?, ¿culparía a ese episodio por ser como soy?, ¿provocaría las mismas risas si esta anécdota la platicara con una tía como la protagonista y no con una chica del aseo? Es más: ¿la platicaría?
¿O qué tal si esto hubiera sucedido a otra edad: yo en mi despertar sexual; o en algún trabajo, con una jefa bonita; o en la escuela, con una maestra guapa? ¿Cómo hubiera reaccionado?, ¿lo habría tomado como acoso o no?
¿O qué tal si lo ponemos en otro contexto? Alguien me comentó que en el libro Ensayo de un crimen, de Rodolfo Usigli, esto era una práctica común hace medio siglo en México: las empleadas domésticas dormían así a los niños. Tal vez esta chica aprendió eso en su casa porque veía que la mamá y las tías dormían de esa forma a sus hermanos y primos, y ella me lo aplicaba a mí para que dejara de llorar. En este contexto, ¿se consideraría abuso sexual lo que me hizo?

En fin... Sólo quería compartirles lo que me sucedió y lo que le ha sucedido a otros, esperando que dejemos de lado esa guerra de géneros y seamos más empáticos y respetuosos entre nosotros. Y que en un futuro no muy lejano, el título de este post no tenga que especificar de qué género a qué género, y simplemente diga: Sobre el abuso sexual.

Que tengan buen martes. Espero sus comentarios por aquí o en guffo76@hotmail.com 

viernes, noviembre 03, 2017

Dejando atrás las luces de la civilización

Cada que tengo reunión en mi casa, me gusta salir al patio antes de que lleguen los invitados; antes de que todo se convierta en anécdotas, risas, música, brindis y humo. 

Camino hasta el fondo del jardín, por la vereda empedrada; volteo y me imagino que estoy dejando atrás la civilización. Camino entre anacuas, toronjas, palmeras, orégano y papayas; cruzo por debajo de una bugambilia y me siento en la banca de concreto. La noche se percibe más oscura y silenciosa entre tanto follaje.

Vuelvo a mirar en dirección a la casa. Me la imagino lejísimos. Las luces ornamentales, las de la habitación y el baño me parecen los puntos luminosos de una ciudad a la distancia. Por lo que escribo, podrían imaginar que mi patio es enorme. Una jungla. A mí así me lo parece. Así lo percibo en la penumbra. Incluso algunas veces, para sentirlo inmenso y con más vida, juego a no ir más allá de la bugambilia; a no cruzar ese límite en donde ya no pega la luz y el fondo del jardín pareciera un agujero negro: no vaya a ser que entre las tinieblas se esconda una fiera acechante.

Escucho el timbre de la casa. Ha llegado el primer invitado. Suspiro y me pongo de pie. Cruzo por debajo de la bugambilia, paso a un lado de las papayas, el orégano, las palmeras, las toronjas y las anacuas, siguiendo el trayecto de la vereda empedrada. Volteo hacia atrás instintivamente, como si una voz primigenia me llamara desde la oscuridad; un susurro construido por el viento y las hojas de los árboles. Y sigo las luces, que me parecen lejanísimas.

He regresado a la civilización.

lunes, octubre 30, 2017

El hombre de las burbujas

En un parque había un hombre con una máquina para hacer burbujas. Y por máquina me refiero a dos varillas de madera unidas en distintos puntos por un mismo cordón que formaba algo así como una telaraña simple. El hombre introducía las baquetas en una cubeta de plástico con agua jabonosa y, al sacarlas y extender en alto la maraña que creaba la cuerda, el viento se encargaba de hacer el resto del trabajo.

Al hombre lo vimos llegar al parque desde muy temprano. Después de haber recorrido un museo, un par de galerías y comido algo, regresamos al mismo punto del parque al caer la tarde, y el hombre seguía ahí: fabricando burbujas.

A esa hora ya había un nutrido grupo de niños a su alrededor: corrían tras las esferas deformes y temblorosas que se elevaban; se amontonaban para tocarlas, brincaban y reían cuando éstas explotaban. El hombre intentaba hacer más burbujas en menos tiempo; burbujas de distintas formas y mayor tamaño. Lo más divertido que vimos fue cuando un niño intentó meterse de un salto en una pompa enorme que iba flotando casi al ras del suelo. La burbuja exploto y el niño cayó al piso de sentón. El timing fue tan perfecto que pareció como si el niño en verdad hubiera ido adentro de la burbuja.

Cuando la cubeta se vació, comprendí que esto de hacer burbujas tiene su ciencia. El hombre llevó el balde a una toma de agua y lo llenó hasta la mitad. Después sacó de su mochila un bote de jabón líquido con dispensador y dos pequeños botes de forma cilíndrica. Apachurró el dispensador del bote de jabón líquido varias veces adentro de la cubeta y luego desenroscó los botes cilíndricos. Metió en cada uno de ellos una cuchara medidora para extraer un polvo rosado que vertió en la mezcla de agua y jabón líquido, y, con uno de los palos con el que hacía las burbujas, comenzó a menear con fuerza.

El hombre se puso de pie, metió de nuevo las varas con la cuerda en la cubeta e intentó hacer una burbuja. Ésta reventó antes de desprenderse de la malla. Entonces echó un poco más del polvo contenido en uno de los cilindros, meneó con fuerza, introdujo de nuevo las baquetas y las extendió en el aire: del tejido emergió una burbuja enorme y destellante. Por eso digo que hacer burbujas tiene su ciencia.

Pensé que se necesita mucha imaginación para armarte una empresa con lo poco que tengas a la mano; una empresa de productos efímeros que te dé suficientes monedas como para poder volver al día siguiente a hacer lo mismo, y no orillarte a conseguir otro trabajo. Pensé que se necesitan muchas agallas para dedicarse a este oficio de hacer burbujas. Agallas socialmente hablando. Me refiero a dejar de lado la vergüenza, el qué dirán y todas esos preceptos sociales que nos meten en la cabeza para aterrarnos; los prejuicios de qué actividad sí es un trabajo de verdad o digno, y cuál no. Recordé mi escrito anterior y pensé que hacer burbujas es casi casi vivir en la indigencia; en otras palabras: hay que estar loco para vivir de hacer burbujas; pero loco en el buen sentido de la palabra. Esta reflexión me llevó a un fragmento del libro Demian, de Herman Hesse:

El impulso que le hace a usted volar es nuestro patrimonio humano, que todos poseemos. Es el sentimiento de unión con las raíces de toda fuerza. Pero pronto nos asalta el miedo. ¡Es tan peligroso! Por eso la mayoría renuncia gustosamente a volar y prefiere caminar de mano de los preceptos legales o por la acera. Usted no. Usted sigue volando, como debe ser. Y entonces descubre lo maravilloso; descubre que lentamente se hace dueño de la situación, que a la gran fuerza general que le arrastra corresponde una pequeña fuerza propia, un órgano, un timón. ¡Esto es estupendo! Sin él uno se perdería sin voluntad por los aires como hacen por ejemplo los locos. Los locos tienen unas intuiciones más profundas que la gente de la acera, pero no tienen la clave ni el timón y se despeñan en el abismo.

Por eso deduje que el hombre de las burbujas del parque Balboa es uno más de los pocos locos con clave y timón que conozco. Ojalá nunca lo asalté el miedo y deje de volar. 

jueves, octubre 26, 2017

El secreto de los indigentes

Hay indigentes que me provocan cierta fascinación, especialmente ésos que van por la calle vestidos de manera estrafalaria o hablando solos; ésos que pasan a tu lado sin inmutarse o te dirigen una mirada como si fueran ellos los que se compadecieran de ti.

Imagino a estos indigentes teniendo "vidas normales", siendo "personas de bien": de ésas con trabajos de oficina estables y familia feliz, y que de repente, de un día para otro tuvieron una revelación existencial y decidieron dejarlo todo y hacerse los locos para sobrellevar la vida.

Cuando pienso en esto, me acuerdo muy bien de una una señora que empujaba un carrito de supermercado lleno de cachivaches. La mujer vestía de color negro de pies a cabeza; y cuando digo de pies a cabeza lo digo porque incluso usaba un turbante y la falda le arrastraba por debajo de los tobillos. Esta señora caminaba siempre sobre una avenida transitada por donde yo a diario pasaba: un crucero donde el semáforo tardaba mucho en cambiar. Lo que me parecía curioso era que nunca la vi pidiéndole dinero a los automovilistas: sólo caminaba de un lado a otro, como le hacen las panteras en cautiverio. Después de un rato de ir y venir, se resguardaba del sol sentándose sobre la banqueta, y ahí se quedaba contemplando las filas de coches, hablando y carcajeándose sola de vez en vez.

Una vez que me tocó caminar por ese rumbo, vi a la mujer sentada en posición de loto, recargando la espalda sobre el aparador de una farmacia. Cuando pasé a su lado vi que estaba escribiendo en un cuaderno que tenía entre sus piernas. Decidí sacar mi teléfono y simular que alguien acababa de llamarme para pedirme algo de la farmacia: me quedé de pie justo a un lado de ella, mirando de reojo, con mucha curiosidad, lo que escribía. Parecían letras, no garabatos. Parecía que la redacción tenía sentido. Que eran palabras. Pero como que sintió que mis ojeadas no eran muy disimuladas y cerró de golpe el cuaderno, se puso de pie y lo guardó en el carrito de supermercado con sus demás cacharros.
Siempre me quedé con ganas de volver a pasar a pie por ese lugar y pedirle que me enseñara lo que escribía; pero después de un tiempo, no la volví a ver.

Recuerdo a otro indigente. Éste se la vivía en el túnel que une la estación de Spadina y St. George, en Toronto. El hombre siempre traía un vaso de café vacío del Tim Horton´s en la mano y pedía "un dólar". El primer día que lo vi me dirigía a un cajero a sacar dinero, pues traía sólo algunas monedas en el bolsillo. Eran como 30 centavos en total. Para deshacerme del peso del bolsillo, saqué la morralla y la deposité en el vaso del indigente, quien, indignado, sacudió el vaso, derramó las monedas en el piso y me gritó: "¡Te pedí un dólar!". Fue el vivo ejemplo de la frase "Limosnero y con garrote". Después, cada que pasaba por ahí, veía que el hombre hacía lo mismo: tiraba el dinero si no le dabas un loonie. Hasta que una tarde me tocó ver que alguien le dio el dólar que pedía, pues no hizo su berrinche; al contrario: como si recobrara la cordura, el hombre le dijo a quien había depositado el loonie en su vaso: "Espera. Te cambio esta moneda por un poema". La persona no le hizo caso y se siguió de largo. Entonces el indigente se puso a recitar un poema en voz alta. 

Cuando pienso en indigentes, creo que eso podría pasarle a cualquiera de nosotros, y no se si siento mortificación o alivio, pues sigue invadiéndome la duda de si todos ellos cayeron en desgracia o se les reveló alguna verdad universal y por fin se liberaron de todo.
Supongo que eso sólo ellos lo saben. Supongo que ése es su secreto.

lunes, octubre 09, 2017

Un coyote estepario del trópico de Escorpión

El viernes me quedé de ver con una persona en un bar. No sabía que el lugar tenía música en vivo. A pesar de la poca concurrencia –y de que aún no eran ni las ocho de la noche–, el grupo estaba tocando.

Marqué el número de la persona con quien había arreglado la cita laboral para decirle que mejor fuéramos a un sitio menos ruidoso, pero su teléfono me mandó a Buzón. Decidí mejor pedir una cerveza y esperar a ver si me regresaba la llamada o me enviaba un mensaje.

En una mesa frente al improvisado escenario había un bebedor solitario. Entre las pausas que hacían los integrantes del grupo, el hombre aprovechaba para, discretamente, pedir una canción. Los músicos afinaban sus instrumentos, seguían alguna indicación del vocalista, hacían una prueba de sonido o de ritmo, y ejecutaban la melodía solicitada por el hombre. Blinded by rainbows, de los Rolling Stones, había sido la elegida por éste. 

Me sorprendió su selección musical. Pensé que no era común que la gente pidiera esas canciones o que una banda de covers de un bar de ese tipo se las supiera. Incluso llegué a sentir que el volumen de la música era el adecuado para que dos personas pudieran escucharse sin estarse gritando; por lo que abandoné la idea de cambiar de lugar la informal cita de trabajo.

A la canción de los Rolling Stones le siguieron Never marry a railroad man, I shot the sheriff y Philosopher. Pedí otra cerveza. El vocalista de la banda sonreía entusiasmado y agitaba la mano con el pulgar arriba cada que el hombre frente al escenario le murmuraba el nombre de una canción.

Todo iba muy bien hasta que llegó un grupo de personas. Eran como cuatro parejas en su mid-thirties, como dicen los gringos. Llegaron y se apoltronaron en otra de las mesas frente al escenario. Las mujeres jalaron sillas de otras mesas para poner sus bolsas; los hombres se remangaron las camisas, se aflojaron las corbatas, pidieron cervezas y también canciones. El bebedor solitario se limitó a observarlos dándole pequeños sorbos a su botella. La panda de oficinistas pidió La Planta, Lamento Boliviano, Mariposa Traicionera y "una de Nicho Hinojosa"también solicitaron algunas canciones más nuevas, de ésas que pasan a todas horas en el radio y que sólo me suena la tonada porque todas me suenan igual. El vocalista complació a los recién llegados con un par de sus demandas. 

Cantaban a todo pulmón y brindaban y pedían más cervezas. Por su actitud, deduje que eran los conocidos chavorrucos; o quizás sólo se sentían seguros de haber convertido el lugar y la situación en una extensión de su normalidad; en terreno conocido. Pensé que no había uno solo de ellos al que podría apostarle a que me sorprendería saliéndose del guión. Su barullo era excesivo. Era como si hubieran estado amarrados sin poder hablar por mucho tiempo y su venganza contra los demás era esa algarabía que inundaba todos los rincones del bar.

Yo también me limité a darle sorbos a mi cerveza y a observarlos. Cada uno de mis tragos era más largo que el anterior, pues había retomado la idea de cambiar la sede de mi reunión.
De pronto sentí un escozor en el pecho al percatarme que, al pensar lo que acababa de pensar sobre esos desconocidos, me reflejaba en mí mismo; pues, en el fondo, yo buscaba lo mismo que ellos llegaron buscando: un refugio, una extensión de mi mundo interior, terreno conocido. Cuando uno se ve desde afuera, son comunes esos aguijonazos en el pecho.

El bebedor solitario me dirigió una mirada. Sonrió ligeramente y con esa mueca fugaz fuimos cómplices por unos instantes del mismo vacío existencial que implica sentirse distinto y terminar siendo como los demás; por unos segundos fuimos partícipes del sentimiento que provoca el éxodo voluntario de todo aquello que nos es ajeno por considerarlo ordinario. El hombre volvió la mirada a su cerveza, dio un último trago, sacó un billete arrugado del bolsillo delantero del pantalón, se puso de pie y salió del lugar. 

En eso mi teléfono vibró. Era un mensaje. Una disculpa no pude desocuparme te parece si lo dejamos para mañana??? Mientras sonaba de fondo una canción de unos tales Jesse y Joy, le di un último trago a mi cerveza y la punzada en el pecho desapareció. Saqué un billete de mi cartera, me puse de pie y salí del lugar, buscando una extensión de mi supuesta excepcionalidad. Terreno conocido.

sábado, septiembre 23, 2017

Tal vez la equis de "México" es por el fénix

Qué ironía que un terremoto viniera a unificar a una sociedad fragmentada.

Ojalá ésta sea la tragedia definitiva: la que nos haga permanecer unidos para siempre; la que deje de lado nuestras tontas diferencias, rivalidades y prejuicios. Que si ricos, que si pobres; que si los del norte, que si los del sur; que si regios, que si chilangos; que si Tigres o Rayados; que si de San Pedro o de Guadalupe; que si familia tradicional o diversa; que si las quesadillas llevan queso o no. 

Ojalá que así sea, para que por mi cabeza no vuelva a rondar ese deseo macabro de que haya catástrofes más seguido para ver si así la gente se comporta como los seres humanos que somos. Ojalá sea así para no esperar a que el país vuelva a derrumbarse para actuar como personas, y que recordemos siempre que la pobreza, la misoginia, el clasismo, el racismo, la desigualdad, la corrupción, la injusticia, el machismo y la abulia, también son tragedias que nos derrumban. Por eso la importancia de seguir unidos, como ahora.

También espero que todas esas emotivas imágenes de fortaleza y solidaridad que están dando la vuelta al mundo, borren por fin esa percepción de huevones, corruptos y criminales que tienen de nosotros gracias a tanto huevón, corrupto y criminal que se ha empeñado en perpetuarla. Espero también que por fin dejen de hacer corridos y producir series sobre criminales y empiecen a componer canciones y a escribir guiones para televisión sobre el heroico trabajo de los rescatistas y la empatía de la gente de a pie; donde la heroína sea esa señora que llegó sin zapatos a donar dos kilos de frijoles. Ojalá que así sea...

Porque la ayuda humanitaria rebasó todas las expectativas y los víveres siguen desbordándose en los albergues; porque había ciudadanos controlando la repartición de productos para que líderes políticos oportunistas no los acapararan. Porque han rescatado ancianos, niños, perros y hasta a una tortuga, y todos celebraron con el mismo júbilo que estuvieran vivos. Porque aquí todas las vidas son importantes, incluso -y me duele aceptarlo- las de esos mandatarios arribistas a los que han echado a patadas y a mentadas de madre porque nunca asomaron las narices en su comunidad y ahora quieren salir en la foto los muy chingoncitos.

Porque cuando todo se viene abajo sale lo mejor de los ciudadanos y lo peor de las instituciones que dicen dirigirnos. Porque quizás operamos mejor en el autogobierno; porque tal vez en el caos somos más organizados que en la normalidad; porque quizás algo se encendió dentro de nosotros y se apagó en los gobernantes; porque probablemente hemos tomado las riendas y ya no debemos soltarlas. Porque esta fractura en la tierra vino a resanar la fe en este país. Porque quizás sea una utopía; algo pasajero. Pero quizás no.

¡Fuerza, México!

jueves, septiembre 14, 2017

La Isla de las Muñecas

De niño soñaba con visitar el Distrito Federal por dos razones: Reino Aventura y la Isla de las Muñecas (bueno, y también por el programa de Chabelo, para pasar a la catafixia y ganarme el becerrito que ponían detrás de la cortina como premio en broma).

Reino Aventura lo quería conocer por la ballena Keiko, que a cada rato anunciaban en XHGC, el canal de televisión en donde veía caricaturas por las tardes; pero la Isla de las Muñecas me atraía porque en aquel tiempo estaba fascinado con las películas de Carlos Enrique Taboada -que repetían día y noche cada que se acercaba halloween- y por la avalancha de cine de terror ochentero gringo en formato Betamax que inundaba las estanterías de los videoclubes. Aparte, mi curiosidad por este misterioso lugar entre los canales de Xochimilco se disparó la vez que vi un reportaje televisivo -con tintes de thriller- en el programa 60 Minutos, cuando lo conducía Jaime Maussan. 

De niño fui algunas veces a la ahora CDMX a visitar a la única hermana de mi abuelo materno, pero nuestras salidas se limitaban a recorrer el zoológico de Aragón, el de Chapultepec y el Museo de Antropología. Es más: recuerdo que una vez hasta a Cocoyoc fuimos, pero Reino Aventura y la Isla de las Muñecas nunca estuvieron en el itinerario de mis viajes familiares chilangos, snif.

Total que crecí y me olvidé de Reino Aventura, de la Isla de las Muñecas y de pasar a la catafixia con Chabelo; pero ahora soñaba con volver al Defectuoso para conocer la editorial donde hacían las revistas Video Risa y entrar al programa de Nino Canún. Cabe aclarar que tampoco se me cumplieron este par de caprichos, snif.

Pasó el tiempo y en agosto del 2017 -sí, hace apenas un mes- me gané un premio por una caricatura que envié a un concurso llamado Caminos de la Libertad, y pues tuve que ir a la CDMX a recibir el premio; y ya estando allá, pues aprovechamos para quedarnos una semana entera para -ahora sí ¡por fin!- conocer la mentada Isla de las Muñecas (porque ni Reino Aventura ni las revistas Video Risa ni el programa de Nino Canún existen ya; Chabelo sigue existiendo porque es inmortal, pero los premios de las catafixias están cada vez más chafos).

Ya instalados en la CDMX, y como buenos viajeros regios que se mimetizan con la Gran Tenochtitlan, tomamos la línea azul del metro en el Zócalo y viajamos hasta la última estación, que es Tasqueña. De ahí abordamos el tren ligero hasta -otra vez- la última estación: Xochimilco. Antes de ir al embarcadero a treparnos a las trajineras, aprovechamos para turistear, tomar algunas fotos y desayunar en el mercado: comimos quesadillas de flor de calabaza, huitlacoche, papa con queso, tacos de carnitas y unos esquites como postre (burp!).

Con la panza llena (llenísima), nos dirigimos al embarcadero de Cuemanco, el cual mis contactos chilangos me dijeron que era el más tranquilo, pues, confieso que visitar Xochimilco me causaba cierta repulsión nomás de pensar en esos videos de Youtube donde salen mariachis, vendedores y güeyes que se caen al agua puerca de lo borrachos que andan. Pero me enteré que había una ruta más "pacífica", más "ecológica", ajena al barullo y a los gustos del turista promedio; y pues ésa fue la que elegimos para navegar por casi cinco horas el lugar.

Y pues: ¿qué les puedo decir de Xochimilco? La palabra "alucinante" le queda corta. Es alucinante cómo el entorno te remonta a lo que fue este patrimonio lacustre hace 500 años e imaginar la actividad agrícola, social, comercial y cultural alrededor de las chinampas de tierra negrísima. Aunque también es muy triste estar consciente de toda la belleza que colapsó con el avance de la mancha urbana. Es una pena saber que el equilibrio natural se rompió para siempre en aras del desarrollo industrial, snif.
Pero, a pesar de esta punzada agridulce en el corazón -y de que los ajolotarios estaban cerrados por ser martes y estar lloviendo-, lo disfruté y me gustó mucho (aparte, tenemos pretexto para volver y -ahora sí ¡por fin!- conocer ajolotes en vivo).

Y, bueno, después de tanta contemplación y reflexión sobre lo cacas que somos los humanos, llegamos al motivo del viaje: la Isla de las Muñecas (¡ay, amachita!). Y pues: ¿qué les puedo decir de este lugar? Esta chinampa es la obra de un loco; de un adulto que se mantuvo niño; de un acumulador compulsivo; de alguien con la misma visión -pero menos recursos- que Edward James, el creador de Las Pozas, en Xilitla, San Luis Potosí. Guardando las proporciones, ambos hombres quisieron darle su toque personal a su espacio y compartirlo con los demás. Y eso está bien chingón. No todos se atreven a algo tan simple. En resumen (para que mejor vayan a conocerlo): la Isla de las Muñecas es un lugar repleto de leyendas de aparecidos y almas en pena; de historias de muertos, guardianes y amuletos; de gente a la que no hay que tenerle miedo, como a los vivos: esos monstruos capaces de enterrar bajo el concreto a la Madre Naturaleza, snif.

lunes, agosto 28, 2017

De muros y murales

En noviembre del año pasado regresé a Monterrey después de un viaje a la ciudad de Filadefia, en donde -entre otras cosas- conocí la calle Sur y quedé fascinado con la obra del artista estadounidense del mosaico Isaiah Zagar.

Regresé a mi ciudad natal inspirado y con la onda de "hacer algo nuevo", por lo que me metí a aprender la técnica del mosaico (trencadís) con una maestra del Barrio El Nejayote, en donde han hecho algo similar -pero en banquetas, en vez de muros- a lo realizado por Zagar en el downtown de Philly. Traía desde hace rato la cosquilla de hacer algo a la par de la caricatura, actividad a la que me he dedicado profesionalmente desde hace como 20 años y, a veces, me siento un poco ciclado si no salen proyectos nuevos, snif.

Total que después de como 3 ó 4 clases intensivas y de ayudar a terminar de decorar una de las tantas banquetas de ese barrio con la técnica del trencadís, empecé a hacer algunas cosas con mosaico por mi cuenta. Lo poco que hice encontró cliente y se vendió -y regaló- de volada. Pero quería hacer algo más y, de preferencia, distinto a lo que he hecho toda mi vida; algo arriesgado, incluso alejado de "mi toque personal". Inventar otro estilo, pues. Algo que me pareciera grande, significativo; pero, sobre todo: algo que me quitara esa sensación de estar dando vueltas donde mismo.

Acababan de ser las elecciones en Estados Unidos y el tema recurrente era el mentado muro de Trump y sus efectos medioambientales, xenófobos, económicos y demás. Entonces decidí que quería aplicar mi vena artística por ese lado, un tanto como protesta y como símbolo de unión, no de división; como un mensaje de: "Si nada podemos hacer para que se construyan muros, al menos que esos muros se conviertan en murales y en metáforas de la libertad". Y fue así como, después de algunos meses, me decidí a hacer un mural en una de las paredes del patio de mi casa.

Al principio quería hacer el mural con mosaico, como mi reciente ídolo Isaiah Zagar, pero al ver el tiempo que me llevaría terminarlo y el costo de los materiales, desistí en mi intento, snif, y mejor opté por desempolvar los escasos conocimientos en pintura vinil acrílica que tengo y empezar a pintar mi obra. Confieso que este resurgimiento de mis dotes de pintor de brocha gorda fueron posibles gracias a la inspiración que también agarré caminando las calles de mi barrio, en donde, de un tiempo a la fecha, han aparecido decenas de coloridos murales de distintos artistas. Aquí les muestro algunos:
Y pues hace un mes empecé mi mural y ahí la llevo, poco a poco. Le avanzo en mis ratos libres y los fines de semana. Todavía falta la parte de arriba y nomás vendiendo las palmeras washingtonia que estoy creciendo y obstruyen un tramo de esa pared, espero alargarlo lo más que se pueda. Por lo pronto les dejo algunas fotos del proceso. Espero decorar muchos muros más (si les interesa, mándenme un correo a guffo76@hotmail.com).
Hoy, que pareciera que el mundo está dominado por los abyectos, los insensibles y los incultos, hagamos que prevalezca el arte sobre la ignorancia y la barbarie; y, aunque esos señores buitres piensen que la cultura es inútil si no tiene un fin utilitario, sigamos demostrando que su poder va más allá de eso. Buen inicio de semana. 

lunes, agosto 07, 2017

¡Por fin cayó un premio!

Como les había comentado en un post anterior, desde el mes de marzo de este año he estado mandando dibujos a muchos concursos de caricatura en distintas partes del mundo. En un par de ellos -uno en Vianden, Luxemburgo; otro en Bucarest, Rumania-  seleccionaron mis dibujos entre los 25 y 50 mejores del certamen, los cuales se exhibirían en algunos recintos dedicados al arte, tales como galerías y museos. Recibí un par de diplomas y catálogos de las exhibiciones, pero no había caído un premio grande: de ésos de quedar entre los primeros tres lugares; de ésos que te pagan el vuelo y el hospedaje para que vayas a la ceremonia de premiación y, aparte, te dan una remuneración económica... 

...esto no había sucedido hasta el viernes antepasado, que recibí por correo la buena noticia de que había ganado el primer lugar en el Segundo Concurso de Caricatura "Caminos de la Libertad", en la Ciudad de México :)
A este concurso mandé tres o cuatro propuesta, no recuerdo bien porque fue en abril; propuestas gráficas con lo que se me ocurrió que mejor representaba el concepto "Libertad". Estos dos son los cartones que NO ganaron:
El dibujo ganador se los comparto después de la premiación, con algunas fotos de la premiación, si es posible. 

Por lo pronto, ésta es la invitación al evento. Será en 30 de agosto a las 6:30 de la tarde en el Museo de la Caricatura. Si viven en la CDMX o andan por allá ese día, dense la vuelta para saludarlos. Buen inicio de semana.

miércoles, agosto 02, 2017

Cómic Justicia Abierta

Hace poco más de un mes los magistrados María Silva y Carlos Soto me contactaron para realizar en conjunto un proyecto interesante: explicar a través de dibujos -y de la manera más sencilla posible- el concepto de Justicia Abierta; noción que, hasta hace un mes, desconocía.

Es un honor que me hayan elegido para realizar este trabajo. Me emociona saber que se le sigue dando la oportunidad al formato de historieta o cómic -el llamado "Noveno Arte"- para transmitir temas de relevancia en nuestra sociedad.

Sin más por el momento, les comparto este trabajo. Espero lo disfruten, lo difundan y así más gente conozca la importancia y beneficios de una Justicia Abierta.
El Huffington Post publicó el cómic acompañado de un texto del magistrado Carlos Soto, por si quieren leer algo más amplio, éste es el enlace.

También lo subieron a Borde Jurídico y está en issuu, a manera de revista digital.

Buen miércoles.