jueves, septiembre 14, 2017

La Isla de las Muñecas

De niño soñaba con visitar el Distrito Federal por dos razones: Reino Aventura y la Isla de las Muñecas (bueno, y también por el programa de Chabelo, para pasar a la catafixia y ganarme el becerrito que ponían detrás de la cortina como premio en broma).

Reino Aventura lo quería conocer por la ballena Keiko, que a cada rato anunciaban en XHGC, el canal de televisión en donde veía caricaturas por las tardes; pero la Isla de las Muñecas me atraía porque en aquel tiempo estaba fascinado con las películas de Carlos Enrique Taboada -que repetían día y noche cada que se acercaba halloween- y por la avalancha de cine de terror ochentero gringo en formato Betamax que inundaba las estanterías de los videoclubes. Aparte, mi curiosidad por este misterioso lugar entre los canales de Xochimilco se disparó la vez que vi un reportaje televisivo -con tintes de thriller- en el programa 60 Minutos, cuando lo conducía Jaime Maussan. 

De niño fui algunas veces a la ahora CDMX a visitar a la única hermana de mi abuelo materno, pero nuestras salidas se limitaban a recorrer el zoológico de Aragón, el de Chapultepec y el Museo de Antropología. Es más: recuerdo que una vez hasta a Cocoyoc fuimos, pero Reino Aventura y la Isla de las Muñecas nunca estuvieron en el itinerario de mis viajes familiares chilangos, snif.

Total que crecí y me olvidé de Reino Aventura, de la Isla de las Muñecas y de pasar a la catafixia con Chabelo; pero ahora soñaba con volver al Defectuoso para conocer la editorial donde hacían las revistas Video Risa y entrar al programa de Nino Canún. Cabe aclarar que tampoco se me cumplieron este par de caprichos, snif.

Pasó el tiempo y en agosto del 2017 -sí, hace apenas un mes- me gané un premio por una caricatura que envié a un concurso llamado Caminos de la Libertad, y pues tuve que ir a la CDMX a recibir el premio; y ya estando allá, pues aprovechamos para quedarnos una semana entera para -ahora sí ¡por fin!- conocer la mentada Isla de las Muñecas (porque ni Reino Aventura ni las revistas Video Risa ni el programa de Nino Canún existen ya; Chabelo sigue existiendo porque es inmortal, pero los premios de las catafixias están cada vez más chafos).

Ya instalados en la CDMX, y como buenos viajeros regios que se mimetizan con la Gran Tenochtitlan, tomamos la línea azul del metro en el Zócalo y viajamos hasta la última estación, que es Tasqueña. De ahí abordamos el tren ligero hasta -otra vez- la última estación: Xochimilco. Antes de ir al embarcadero a treparnos a las trajineras, aprovechamos para turistear, tomar algunas fotos y desayunar en el mercado: comimos quesadillas de flor de calabaza, huitlacoche, papa con queso, tacos de carnitas y unos esquites como postre (burp!).

Con la panza llena (llenísima), nos dirigimos al embarcadero de Cuemanco, el cual mis contactos chilangos me dijeron que era el más tranquilo, pues, confieso que visitar Xochimilco me causaba cierta repulsión nomás de pensar en esos videos de Youtube donde salen mariachis, vendedores y güeyes que se caen al agua puerca de lo borrachos que andan. Pero me enteré que había una ruta más "pacífica", más "ecológica", ajena al barullo y a los gustos del turista promedio; y pues ésa fue la que elegimos para navegar por casi cinco horas el lugar.

Y pues: ¿qué les puedo decir de Xochimilco? La palabra "alucinante" le queda corta. Es alucinante cómo el entorno te remonta a lo que fue este patrimonio lacustre hace 500 años e imaginar la actividad agrícola, social, comercial y cultural alrededor de las chinampas de tierra negrísima. Aunque también es muy triste estar consciente de toda la belleza que colapsó con el avance de la mancha urbana. Es una pena saber que el equilibrio natural se rompió para siempre en aras del desarrollo industrial, snif.
Pero, a pesar de esta punzada agridulce en el corazón -y de que los ajolotarios estaban cerrados por ser martes y estar lloviendo-, lo disfruté y me gustó mucho (aparte, tenemos pretexto para volver y -ahora sí ¡por fin!- conocer ajolotes en vivo).

Y, bueno, después de tanta contemplación y reflexión sobre lo cacas que somos los humanos, llegamos al motivo del viaje: la Isla de las Muñecas (¡ay, amachita!). Y pues: ¿qué les puedo decir de este lugar? Esta chinampa es la obra de un loco; de un adulto que se mantuvo niño; de un acumulador compulsivo; de alguien con la misma visión -pero menos recursos- que Edward James, el creador de Las Pozas, en Xilitla, San Luis Potosí. Guardando las proporciones, ambos hombres quisieron darle su toque personal a su espacio y compartirlo con los demás. Y eso está bien chingón. No todos se atreven a algo tan simple. En resumen (para que mejor vayan a conocerlo): la Isla de las Muñecas es un lugar repleto de leyendas de aparecidos y almas en pena; de historias de muertos, guardianes y amuletos; de gente a la que no hay que tenerle miedo, como a los vivos: esos monstruos capaces de enterrar bajo el concreto a la Madre Naturaleza, snif.

lunes, agosto 28, 2017

De muros y murales

En noviembre del año pasado regresé a Monterrey después de un viaje a la ciudad de Filadefia, en donde -entre otras cosas- conocí la calle Sur y quedé fascinado con la obra del artista estadounidense del mosaico Isaiah Zagar.

Regresé a mi ciudad natal inspirado y con la onda de "hacer algo nuevo", por lo que me metí a aprender la técnica del mosaico (trencadís) con una maestra del Barrio El Nejayote, en donde han hecho algo similar -pero en banquetas, en vez de muros- a lo realizado por Zagar en el downtown de Philly. Traía desde hace rato la cosquilla de hacer algo a la par de la caricatura, actividad a la que me he dedicado profesionalmente desde hace como 20 años y, a veces, me siento un poco ciclado si no salen proyectos nuevos, snif.

Total que después de como 3 ó 4 clases intensivas y de ayudar a terminar de decorar una de las tantas banquetas de ese barrio con la técnica del trencadís, empecé a hacer algunas cosas con mosaico por mi cuenta. Lo poco que hice encontró cliente y se vendió -y regaló- de volada. Pero quería hacer algo más y, de preferencia, distinto a lo que he hecho toda mi vida; algo arriesgado, incluso alejado de "mi toque personal". Inventar otro estilo, pues. Algo que me pareciera grande, significativo; pero, sobre todo: algo que me quitara esa sensación de estar dando vueltas donde mismo.

Acababan de ser las elecciones en Estados Unidos y el tema recurrente era el mentado muro de Trump y sus efectos medioambientales, xenófobos, económicos y demás. Entonces decidí que quería aplicar mi vena artística por ese lado, un tanto como protesta y como símbolo de unión, no de división; como un mensaje de: "Si nada podemos hacer para que se construyan muros, al menos que esos muros se conviertan en murales y en metáforas de la libertad". Y fue así como, después de algunos meses, me decidí a hacer un mural en una de las paredes del patio de mi casa.

Al principio quería hacer el mural con mosaico, como mi reciente ídolo Isaiah Zagar, pero al ver el tiempo que me llevaría terminarlo y el costo de los materiales, desistí en mi intento, snif, y mejor opté por desempolvar los escasos conocimientos en pintura vinil acrílica que tengo y empezar a pintar mi obra. Confieso que este resurgimiento de mis dotes de pintor de brocha gorda fueron posibles gracias a la inspiración que también agarré caminando las calles de mi barrio, en donde, de un tiempo a la fecha, han aparecido decenas de coloridos murales de distintos artistas. Aquí les muestro algunos:
Y pues hace un mes empecé mi mural y ahí la llevo, poco a poco. Le avanzo en mis ratos libres y los fines de semana. Todavía falta la parte de arriba y nomás vendiendo las palmeras washingtonia que estoy creciendo y obstruyen un tramo de esa pared, espero alargarlo lo más que se pueda. Por lo pronto les dejo algunas fotos del proceso. Espero decorar muchos muros más (si les interesa, mándenme un correo a guffo76@hotmail.com).
Hoy, que pareciera que el mundo está dominado por los abyectos, los insensibles y los incultos, hagamos que prevalezca el arte sobre la ignorancia y la barbarie; y, aunque esos señores buitres piensen que la cultura es inútil si no tiene un fin utilitario, sigamos demostrando que su poder va más allá de eso. Buen inicio de semana. 

lunes, agosto 07, 2017

¡Por fin cayó un premio!

Como les había comentado en un post anterior, desde el mes de marzo de este año he estado mandando dibujos a muchos concursos de caricatura en distintas partes del mundo. En un par de ellos -uno en Vianden, Luxemburgo; otro en Bucarest, Rumania-  seleccionaron mis dibujos entre los 25 y 50 mejores del certamen, los cuales se exhibirían en algunos recintos dedicados al arte, tales como galerías y museos. Recibí un par de diplomas y catálogos de las exhibiciones, pero no había caído un premio grande: de ésos de quedar entre los primeros tres lugares; de ésos que te pagan el vuelo y el hospedaje para que vayas a la ceremonia de premiación y, aparte, te dan una remuneración económica... 

...esto no había sucedido hasta el viernes antepasado, que recibí por correo la buena noticia de que había ganado el primer lugar en el Segundo Concurso de Caricatura "Caminos de la Libertad", en la Ciudad de México :)
A este concurso mandé tres o cuatro propuesta, no recuerdo bien porque fue en abril; propuestas gráficas con lo que se me ocurrió que mejor representaba el concepto "Libertad". Estos dos son los cartones que NO ganaron:
El dibujo ganador se los comparto después de la premiación, con algunas fotos de la premiación, si es posible. 

Por lo pronto, ésta es la invitación al evento. Será en 30 de agosto a las 6:30 de la tarde en el Museo de la Caricatura. Si viven en la CDMX o andan por allá ese día, dense la vuelta para saludarlos. Buen inicio de semana.

miércoles, agosto 02, 2017

Cómic Justicia Abierta

Hace poco más de un mes los magistrados María Silva y Carlos Soto me contactaron para realizar en conjunto un proyecto interesante: explicar a través de dibujos -y de la manera más sencilla posible- el concepto de Justicia Abierta; noción que, hasta hace un mes, desconocía.

Es un honor que me hayan elegido para realizar este trabajo. Me emociona saber que se le sigue dando la oportunidad al formato de historieta o cómic -el llamado "Noveno Arte"- para transmitir temas de relevancia en nuestra sociedad.

Sin más por el momento, les comparto este trabajo. Espero lo disfruten, lo difundan y así más gente conozca la importancia y beneficios de una Justicia Abierta.
El Huffington Post publicó el cómic acompañado de un texto del magistrado Carlos Soto, por si quieren leer algo más amplio, éste es el enlace.

También lo subieron a Borde Jurídico y está en issuu, a manera de revista digital.

Buen miércoles.

miércoles, julio 26, 2017

Réquiem por un aguacate

Las tragedias de mi barrio ya me parecen catástrofes universales.

El patio de mi casa colinda con varios patios, pues es mucho más largo que ancho. Casi todos los patios con los que limita tienen árboles. El de la derecha tiene un árbol de hojas alargadas y flores de tonalidades lilas, casi blancas. Aún no sé cómo se llama, pero tiene cierto parecido con las anacahuitas. 

Uno de los patios del lado izquierdo tiene un par de árboles grandes a los que, como en mis anacuas, llegan a posarse parvadas de loros verdes. Una vez la dueña me comentó que los árboles son canelos, y que las bolitas que producen las usan los pericos para afilarse el pico. 

Pero el patio del fondo es mi favorito, pues hay tres aguacates de como unos 20 metros de altura, cuyas ramas abarcan casi todos los patios del rededor. Uno de los árboles en particular es el que colma parte de mi jardín con sombra y frutos.  

Durante la noche corrió algo de aire y, entre sueños, escuché un ruido. Me sobresalté pero no salí al patio a ver de qué se trataba, pues pensé que el ruido lo había soñado. Fue hasta que amaneció cuando escuché que serruchaban ramas y barrían hojas. Salí al patio y caminé hasta el fondo. Esa parte del jardín me pareció más iluminada que de costumbre, así como la cantidad de aguacates que había tirados en el suelo. Al voltear hacia arriba vi con sorpresa -y tristeza- que uno de los aguacates gigantes ya no estaba. El viento nocturno lo había arrancado desde la raíz. Aunque no fue un ventarrón, el árbol -según me enteré minutos después- ya estaba ladeado.

Saqué una escalera y me subí a la barda. Algunos techos de las casas vecinas estaban llenos de frutos ya casi maduros. Mientras me comía un aguacate y platicaba con Mario, el trabajador que, con dolor, hacía añicos el follaje, uno de los vecinos salió a su patio a quejarse "por las hojas". Es un señor de unos 60 ó 70 años al que creo que le dicen Beto. Cuando me lo topo en la tienda de la esquina veo que sólo compra pan y cigarros. Total que el tal Beto salió a decir que las hojas le hacían mucha basura y que los aguacates que caían a su patio le hacían mucho mosco y que bla bla bla. Eché un vistazo al "jardín" del mentado Beto -todo pavimentado- y vi que tenía sillas de plástico rotas, llantas amontonadas, latas de pintura con óxido y hasta un colchón viejo con los resortes de fuera. Me dieron ganas de decirle: "Ya métase a su casa, ya se cayó el árbol, ya no esté chingando", pero mejor lo ignoré y seguí platicando con quien segueteaba los troncos.

Y pues esto fue lo que pasó hoy en el barrio. A veces no comprendo cómo lo que a mí me parece una fortuna (que un aguacate gigante pose sus ramas en mi jardín), a otros les resulte un problema que genera basura y moscos; un "problema" que se arregla simplemente barriendo. Y a veces tampoco comprendo cómo lo que para muchos pudiera ser una situación "común" -la de un vecino al que el viento le derriba un árbol-, para mí se convierte en algo de proporciones mundiales, pues, a final de cuentas, nuestro barrio, nuestra casa, es en donde comienza el mundo.

viernes, julio 21, 2017

La señora de los gatos (última parte)

En El Gargantúa –o Gargantúas– se proyecta de vez en cuando el malamente llamado “cine de arte”; y digo “malamente” porque el cine ya está considerado como un arte en sí y bla bla bla. 

También se organizan tocadas en un patio muy a gusto que hay al fondo de la casona donde está afincado este espacio: tocadas, obras de teatro, exposiciones y todo tipo de eventos relacionados con la cultura y el mundillo artístico de Monterrey. 

De una y media a cinco de la tarde se sirven los ya famosos tacos de lomo de cerdo, la razón que me llevó a reencontrarme con este sitio. Y digo “ya famosos” porque fueron aprobados por Changarreando: un suplemento del periódico más importante de esta ciudad; algo así como “Las Estrellas Michelin Regiomontanas”. Ah, y también se sirve cerveza a precios razonables a personas de apariencia más razonable que en otros lugares. 

Y como les platicaba en el post anterior, en este lugar, detrás de la barra, es en donde trabaja La Señora de los Gatos de mi infancia. 

Confieso que no ahondé mucho en temas personales o en eso de ponernos al corriente con nuestras vidas. Nuestra plática fue más bien un ejercicio de revivir recuerdos del barrio de mi niñez; memorias de las que ya he platicado algunas veces en esta bitácora. Y confieso también que esta coincidencia me resultó un tanto incómoda, pues fue algo así como: "Híjole... qué pena... en verdad te pido perdón por haberte hecho hacer tantos corajes cuando era niño".

Recuerdo que, apenado, le pregunté su nombre, pues siempre la conocí como La Señora de los Gatos o La Regañona de los Departamentos; y que, si no era indiscreción –todos los que dicen esta frase es porque van a preguntar una indiscreción–, cuántos años tenía, pues me había llamado mucho la atención la anécdota de su gato enfermo cuando era una niña y mi papá lo salvó. 

Grosso modo: Luisa tiene 58 años y usa el cabello de color azul. Nunca se casó, nunca tuvo hijos –“Con ustedes tuve, cabrones”, dijo agitando la mano– y sigue amando a los gatos, aunque ahora sólo tiene uno. Le dije que yo tampoco estaba casado, que tampoco tenía hijos y que también tenía un gato. 
Quién iba a pensar que tuviera tantas similitudes con la señora que tuve tantas diferencias de niño.

Pero es viernes y ya es de noche y qué hueva que esté yo aquí platicándoles anécdotas de antaño y coincidencias extrañas. Es viernes y es un buen día para ir a conocer El Gargantúa y conocer en persona a Luisa, para que ella les platique de aquellos niños gorrosos que se subían a la azotea del edificio en donde vivió hace 30 años. Díganle que yo les hablé de ella. Ya otro día irán más temprano a probar los famosos tacos de lomo de cerdo.

lunes, julio 17, 2017

La señora de los gatos

En la esquina de Álvarez Cabral y Diego Velázquez había un pequeño edificio de dos plantas, el único edificio de apartamentos en un barrio que, en aquel entonces, comenzaba a poblarse de residencias. 

Mis amigos de la cuadra y yo solíamos subir a la azotea de aquella construcción cuando jugábamos a Las Escondidas, pues la oscuridad y los tinacos dispuestos en una de las esquinas de la terraza eran garantía de que nadie nos encontraría. 

También subíamos durante el día, para jugar en el desagüe: un tubo de PVC que bajaba por dentro de uno de los muros hasta la banqueta. Una de tantas diversiones consistía en meter por ahí cochecitos Hot Wheels que salían disparados hacia la calle. Recuerdo que una vez la sincronía fue tan perfecta que uno de los carritos fue a dar justo debajo de la llanta delantera de una motocicleta que iba pasando. 

Cuando andábamos con ganas de hacer travesuras, orinábamos adentro del caño para mojarle los zapatos a los incautos que pasaban por la acera. Tenía su chiste esta diablura. Requería toda una logística de sincronización; lo que con los Hot Wheels a veces se daba sin planearlo. Para empezar, se necesitaba beber mucha agua y que alguien del grupo –el que menos ganas de orinar tuviera- cumpliera la función de vigía. El vigía, al percatarse de que alguien se acercaba, tenía que calcular la distancia al tanteo, los pasos que le faltaban a la víctima para pasar por el edificio y el tiempo que tardaban los meados en bajar por el tubo; para de inmediato dar la señal que nos indicaba descargar nuestras vejigas en el boquete del canal, esperando que el chorro fuera certero. Los transeúntes pegaban de brincos cuando los orines se desparramaban por el pavimento, y alzaban la mirada al escucharnos correr atacados de la risa para resguardarnos detrás de los tinacos. 

Las pisadas de nuestra huida siempre nos delataban con la vecina del departamento de abajo, a quien conocíamos simplemente como La Señora de los Gatos. Sí, desde aquel entonces existían señoras con gatos, pero supongo que no se habían popularizado como hoy porque no existía el Internet. En sí no era una señora, pero ya saben que de niños cualquier persona arriba de los 18 años "es un señor". La mujer tendría entre 25 y 30 años, vivía con su esposo, novio o pareja, y siempre que escuchaba nuestros pasos en la azotea, salía a regañarnos y a pedirnos que por favor nos bajáramos de ahí.

Alguna vez nos invitó a pasar a su depa para mostrarnos la cantidad de gatos que tenía. Desde ahí nos cayó mejor. Por tal motivo, intentábamos subir a jugar a la azotea sin hacer ya tanto ruido, para no molestarla, pero no faltaba a quién se le escapara una risa o un grito que hacía que saliera del apartamento para llamarnos la atención por milésima vez y bajarnos de ahí. No recuerdo si alguna vez –harta ya de nosotros- fue y habló con nuestros padres acerca de nuestras travesuras; lo que sí es que tiempo después le pusieron una puerta de fierro al edificio y ya nos fue imposible subir a la terraza. 

Intentamos hacerlo un par de veces: una vez fue trepando por las ramas de un frondoso trueno que estaba a un lado del desagüe, pero su altura se quedaba corta con la del edificio. La otra vez un amigo lo intentó escalando por la pared de enfrente, pues tenía ladrillos saltados, como un acabado moderno; pero tampoco lo logró, así es que tuvimos que olvidarnos de escondernos detrás de los tinacos, aventar Hot Wheels por el desagüe y mojar con orines los zapatos de desconocidos. 

A La Señora de los Gatos la veíamos de vez en vez, cuando salía a fumar al pasillo del edificio o llegaba en su coche y guardábamos la esperanza de que dejara la puerta de fierro abierta y así pudiéramos subir de nuevo a la azotea. Pero con el tiempo dejamos de verla y no volvimos a saber nada de ella.

Sobre la calle Escobedo, pasando Arteaga, en el centro de la ciudad, hay un bar/restaurante/espacio cultural llamado El Gargantúa. Alguna vez fui ahí a ver una película o un grupo o algo culturoso, pero jamás regresé. Nunca volví porque pensé que ya había desaparecido y, antes, venir al centro de la ciudad me parecía todo un problema; hasta que me cambié a vivir aquí. 

Total que resultó que El Gargantúa sigue existiendo: acaba de cumplir 13 años, según un reportaje que vi en el periodicote de la ciudad, por lo que el viernes decidí ir a tomarme un par de cervezas y probar los tacos que recomendaban en el artículo.

Cuando llegué al lugar me senté en la barra. La mujer que atendía detrás del mostrador me informó que ya no estaban sirviendo los tacos que habían recomendado en la crónica del diario: “Son nada más de 1 a 5 de la tarde”, me comentó, y agregó que por el momento tenían sólo tres tipos de guisos, así que decidí pedir uno de cada uno y una cerveza. La mujer, de unos cincuenta años, lentes y cabello liso de color azul, apuntó mi pedido con una pluma en un pedazo de papel, para después transcribirlo en una computadora:

-¿Cuál es tu nombre?, para registrarte aquí en la lista de clientes.

-Gustavo.

-¿Gustavo qué?

-Caballero.

Despegó la mirada del monitor, bajó el rostro y me observó por encima del armazón de los anteojos, sonriendo:

-Te pareces mucho a tu papá.

-¿En serio? ¿De dónde lo conoce?

-Uuuuy, desde hace mucho tiempo... De niña, cuando tenía unos 11 ó 12 años, le llevé a tu papá un gato que se me estaba muriendo; ya no se movía el pobre. Tu papá me lo salvó. No se me olvida. Después fuimos casi casi vecinos. Tal vez no te acuerdas de mí. Vivía a una cuadra de tu casa.

-¿A poco? ¿En qué calle vivía?

-En los departamentos de la esquina de Álvarez Cabral y Diego Velázquez. Soy la señora de los gatos.

Continuará...

lunes, julio 03, 2017

Concursos de caricatura

Este año le he estado entrando a todos los concursos de caricatura de los que me entero. De marzo a la fecha he mandado más de 30 dibujos a 17 concursos en diferentes partes del mundo: España, Luxemburgo, Chipre, Dinamarca, Noruega, Turquía, Brasil, etc. 

La temática de los certámenes ha sido variada, desde "Cultura", "Libertad de Expresión", "Ecología" y "Comunicación"; hasta "Sal y Pimienta", "Caracoles" y "Aceitunas".

Algunos concursos otorgan premios económicos y pagan los viáticos de los ganadores para que estén presenten en la ceremonia de premiación; otros sólo mandan diplomas, trofeos virtuales o conceden el honor de exhibir tu obra junto a los 10, 20 ó 50 dibujos seleccionados como "los mejores".

Para no echarles tanto rollo, a continuación les presento algunos cartones que he mandado a estos certámenes, a ver qué les parecen. Si alguno o varios les gustan, siéntanse con la libertad de compartirlos.

En Italia -no recuerdo la ciudad- hubo un concurso cuya temática era "La Cultura"; así, en general. Confieso que batallé un poco para que me vinieran un par de ideas a la cabeza, pues "cultura" es un tema muy amplio. Pero la inspiración llegó y éstas fueron mis dos propuestas:  
En la ciudad de Viborg, en Dinamarca, se llevó a cabo el quinto Niels Bugge Cartoon-Award. El tema a tratar fue "Comunicación" (también, un tema amplísimo, pero con el que batallé menos para que se me ocurriera algo). Éstas fueron mis tres propuestas:
En Luxemburgo -en la villa de Vianden- se llevó a cabo el Décimo Concurso Internacional de Caricatura y Cartón, cuya temática era "Abejas y Felicidad". Sí, a veces las temáticas son peculiares, pero no dejan de ser divertidas. Estos fueron los tres dibujos que mandé, los cuales fueron seleccionados para la exposición en el Museo del Cartón y Caricatura de Vianden:
En Turquía hubo un certamen sobre la relación de los libros y la civilización. Yo creo que, hasta el momento, ha sido mi favorito en cuanto a temática. Aquí mis dos propuestas:
En Canadá se llevó a cabo el "F for Fake", sobre noticias falsas. Aquí pueden ver al ganador de este año y a los de años anteriores. Mi propuesta para este concurso fue la siguiente:
A Irán -país donde se llevan a cabo demasiados certámenes de caricatura y cartón político- mandé este dibujo, pues la temática era el respeto de las diferencias: 
A Noruega mandé estos tres dibujos para el Primer Concurso de Caricatura Internacional sobre la Libertad de Expresión. Cabe aclarar que quien ganó el primer lugar de esta competencia fue un colega mexicano:
Estas cinco las mandé al concurso de caricatura que organiza año con año el Festival de la Aceituna que se lleva a cabo en la municipalidad de Kyrenia, en Chipre. Estos dibujos sí tuve que enviarlos físicamente, es decir, por correo tradicional, pues era una de las reglas del evento. Los originales no se devuelven, se exhiben en el evento y pasan a formar parte de los archivos del Museo de la Caricatura de aquella localidad.
En Irán se realizó otro concurso, ahora con temática anti Trump. Me di vuelo con el nefasto tipo y se me ocurrieron varias ideas. Estas tres fueron las que más me gustaron:
A Rumania mandé este dibujo sobre la sal y la pimienta, el cual gustó y quedó seleccionado entre los 25 mejores para ser exhibidos en el evento y publicado en una revista llamada como la temática del certamen: "Salt and Pepper":
Y pues ya; por el momento es todo. Algunos cartones no los he subido a mis redes sociales porque aún no han dado los resultados de los concursos, pero teniendo respuestas de los jurados se los comparto con gusto. Mientras tanto, seguiré participando. Saludos y buen inicio de semana.