lunes, noviembre 28, 2016

Actualización del Perrotón Navideño 2016

Ahí la llevamos con los donativos, pero aún falta para llegar a la meta (me escuché bien Televiso en época de Teletón, snif). Por eso, para que más personas se animen a apoyar esta causa y recaudemos los $20,401 pesos para Juany Castorena y sus perros: yo, Guffo Caballero, me comprometo a hacerles una caricatura con sus mascotas a quienes donen más de $500 pesos. Aquí les muestro algunas de las que he realizado. ¡Anímense checando la información aquí! Buen inicio de semana.

martes, noviembre 15, 2016

Del lamento a la acción

Confieso que uno de mis pasatiempos favoritos es quejarme. Dicen que uno no gana nada con esto, que nada cambiamos quejándonos. Y tal vez tengan razón, snif.

Pero en defensa de esta "acción" diré que quejarse no sólo significa "lamentarse" o "gimotear", también significa "protestar" y "reclamar"; y pues... ¡pues suena más "guerrero"!, ¿no? Y aparte, en defensa de "Nosotros los Quejumbrosos", diré que si lo hacemos es porque algo nos duele, y ante una sociedad que pareciera agonizar, ¿cómo no quejarse?

Nos quejamos porque sabemos que muchas de las cosas que quisiéramos cambiar para beneficio común no están en nuestras manos, y porque tampoco vemos mucha voluntad en las autoridades competentes de que esto suceda: por eso preferimos decirlo antes que aceptarlo calladitos, aunque digan que nada cambia.

Pero así como dicen que muchas drogas son "el puente" para otras más fuertes, creo que quejarse es el puente que lleva a la reflexión de otros y a la acción propia (pero no a la "acción" de seguir quejándose, sino a la acción-acción).

Por otro lado, y por fortuna, hay muchas cosas que requieren de poca gente, poco tiempo, poco esfuerzo y hasta poco dinero para cambiar. Ya lo dijo León Tolstói: "Pinta tu aldea y pintarás el mundo". Y entre una de esas cosas que uno puede cambiar para bien con resultados inmediatos, está ayudar perros rescatados (sí, porque aparte, alguien ya nos ahorró la tarea de salvarlos, darles vivienda. levantar cacas, trapear orines, etc.).

A lo que voy es que hace poco me enteré por mi hermana de una señora que recoge perros callejeros aquí en Monterrey (bueno, en Apodaca), señora a la cual mi hermana ayuda de vez en cuando. La mujer se llama Juany Castorena y su labor es titánica. Aquí una breve reseña de lo que hace, nomás para que se den una idea:
video
Total que después de enterarme de esto, quise sumarme a la causa (que no es lo mismo que "subirse al tren del mame"), por lo que contacté a Luis Arturo Martín del Campo. ¿Por qué a él? Pues porque por allá de agosto, @LAMCH_, como aparece en Twitter, me mandó un mensaje directo sobre un donativo que quería realizar después de haber leído la historia de Ana, la niña lectora que vendía tostadas en una plaza cerca de mi casa. Fue ese mensaje el que detonó todo lo que ya conocen quienes leen este espacio (y si no, aquí va: primera partesegunda partetercera parte y final); y pues desde ahí se me hizo bien chingón que tanta gente se uniera a la causa (que no empezó como causa), dispuesta a compartir un poco de lo que tenían para aligerarle la carga a alguien.

Aparte, @LAMCH_ ya había organizado un "Perrotón" con muy buenos resultados (ayudaron a ¡mil seiscientos perros! con chingos de kilos de croquetas), por lo que era la persona indicada para que nos echara la mano con la señora Juany. Aquí la historia del primer Perrotón. 

Así que ya sin tanto rollo, ésta es la oportunidad de pasar del lamento a la acción de forma muy sencilla; de acoger aquella frase que dice: "La grandeza de una nación se mide en cómo trata a sus animales" y tal vez cambiarla por: "La grandeza de una persona...", porque ya hablar de una nación está medio cabrón. Pero poco a poco.  
¿Cómo pueden ayudar?

Pues donando 10, 20, 50, 100 pesos. Lo que gusten. Pueden hacerlo en la cuenta Santander 60-54959928-4 (a nombre de Luis Arturo Martín del Campo), o depositar en la tarjeta 5579 0700 6501 2570, también de Santander (ese depósito se puede hacer en el Oxxo). O también pueden depositar vía PayPal con el correo guffo76@hotmail.com

Si no tienen dinero, difundan este mensaje o junten periódico o cajas de cartón para construir camas para los perros (mi hermana junta las del Costco y las forra con plástico y pedazos de tela). Trapos, shampoo, jabones o croquetas también son bienvenidos. Todo lo que puedan que no sea dinero, me avisan al correo guffo76@hotmail.com y yo paso por ello. O si gustan ayudar directamente a la señora Juany, mándenme un correo o mensaje directo por Twitter y les paso su teléfono, para que se pongan de acuerdo con ella.

Algunos se preguntarán: ¿por qué no ayudar a gente? Pues después de la experiencia que tuve con Ana, la niña lectora que vendía tostadas por mi casa, quedé curado de espantos. La "logística" que apliqué no fue la mejor, pequé de inocente, etc., entonces se me hace más fácil ayudar perros. Pero no descarto en un futuro volver a hacer lo que hice, pues comoquiera varios niños salieron beneficiados con la laptop que le correspondía a ella. 

¿Por qué habrían de confiar en mí o en @LAMCH_? Pues no están obligados a hacerlo. Es pura buena fe. Aquí está mi cara desde hace 12 años. Nunca me he escondido. Me conocen más que muchas personas que creen conocerme; conocen mis redes sociales, mi correo electrónico, mi dirección y algunos hasta mi teléfono. No tenemos nada que ocultar ni se nos dio eso de robar realizando estafas por Internet. Todo será documentado como en el primer Perrotón y como con la laptop de Ana que terminó en una escuela del municipio de Escobedo.

Por lo pronto, yo ya hice mi primera aportación para la causa: 11 suéteres. Ojalá puedan echar la mano. Saludos y gracias por su atención.

lunes, noviembre 07, 2016

La importancia de los artistas en la sociedad

A mediados de octubre hice un viaje de 15 días por el noreste de Estados Unidos.

Aclaro que no les platicaré a detalle este viaje porque no me gusta ser como esos engreídos insoportables que se la pasan: "Uuuuy, síiii, mis viajes; mi estilo de vida; viajen para que sean mejores personas; viajen para que conozcan mundos nuevos y sepan de la vida y bla bla bla". Para nada. Simplemente lo del viaje es una introducción para llegar al quid de este escrito (aunque posiblemente les platique más del viaje en otro post, jejeje).

Como les decía: fui a Gringolandia, y no es que me haga muy feliz viajar a este país; mucho menos ahora, a como está el dólar de caro y a como traen la locura de la elección presidencial, pero varios motivos -y un dinero que tenía ahorrado- me llevaron a recorrer esa parte de Los Yunaited  Esteits (como dicen las tías que van de shopping). 

El primer motivo fue visitar a mi hermana y a mi cuñado para conocer a mi nuevo sobrino. Ellos viven en Maryland, muy cerca de D.C. Los demás pretextos del viaje fueron mi cumpleaños 40, el cumpleaños 44 de La Fabi y el habernos conocido hace 15 años (sí, lo sé: soy bien pinche romántico, snif).  

Total que llegando a USA mi cuñado amablemente me prestó su carro y La Fabi y yo huimos de los llantos de mi so... ¡DIGO!: agarramos carretera y comenzamos nuestro roadtrip. Recorrimos algunas partes de Maryland, Virginia, Pensilvania, Nueva Jersey y Delaware; también una diminuta porción de los Apalaches, en el Parque Nacional Shenandoah. En resumen, fue un viaje muy provechoso; un recorrido cuyo propósito era una de las máximas de Schopenhauer: "Desear tan poco y conocer tanto como sea posible".

Pero si algo me sorprendió de las muchas cosas que vi, fue la ciudad de Filadelfia.

La verdad nunca en mi vida hubiera planeado una visita a esta urbe. Las ciudades "modernas" no son lo mío; ya saben: mucha gente, muchos carros, muchos edificios, mucho todo. Mucho menos me llamaba la atención una ciudad que fue la capital de Los Policías del Mundo, donde las ofertas turísticas tienen que ver con historia que no me interesa: una campana "De La Libertad", un edificio "De La Independencia", monumentos a muertos y veteranos de guerra, una estatua de Rocky Balboa y gringomamadas por el estilo. Pero había escuchado hablar sobre su multiculturalidad y su oferta gastronómica; pero, sobre todo, había leído sobre Isaiah Zagar, un artista local único que trabaja el mosaico (denle una buscada en Google a su vida y obra; no se arrepentirán).

Lo que puedo decir es que Isaiah Zagar le ha dado otra cara a la ciudad de Filadelfia: una más bonita y colorida; más noble e imaginativa. Su obra también le ha dado plusvalía a un barrio que iba a ser derribado en los años sesenta y ha atraído turistas y artistas de todas partes del mundo. Al recorrer las calles donde sus más de 200 obras con mosaico están presentes, uno no pude sino reafirmar la importancia de los artistas en la sociedad; una sociedad que se ha ido descomponiendo y perdiendo valores, así como capacidad de asombro e instantes de contemplación. Una sociedad donde pareciera que nada puede existir si no deja un beneficio económico, pues lo que enriquece el espíritu no compra nada palpable.

Yo por eso me quedo con lo que el señor Zagar puso en uno de los rincones de su obra más representativa: los Jardines Mágicos de Filadelfia, en el 1020 de la calle South: "Construí este santuario para ser habitado por mis ideas y mis fantasías".
Eso no tiene precio.

martes, octubre 25, 2016

Cuarenta

Hasta los 16 años pensé que a los 24 estaría casado y tendría dos hijos. No es que yo así lo quisiera, sino que era lo que leía que todos respondían en los chismógrafos. Pensaba que ésa era la norma, por lo tanto, tenía que seguirla, aunque me causara repulsión o sintiera lo contrario. Hoy cumplí 40, y ni estoy casado ni tengo hijos.

No ahondaré mucho en esta cuestión ni en por qué ese recuerdo del chismógrafo me hizo reflexionar hoy que cumplo años; no porque no quiera ahondar, sino porque estoy fuera del país, casi todo el tiempo ando en carretera y pocas veces estoy conectado; pero no quería dejar de escribir algo hoy, 25 de octubre.

Sólo diré que, si dos cosas he aprendido hasta hoy, son éstas: Sí se aprende en cabeza ajena y la ociosidad no es la madre de todos los vicios. 

Parte de la sabiduría personal es aprender en cabeza ajena. Quien te diga lo contrario es un imbécil. No seas ese imbécil que se rociará de gasolina y se prenderá fuego después de escuchar el testimonio de un quemado que se roció gasolina y se prendió fuego. Aprende en cabeza ajena. Aprende de esos imbéciles que dicen una cosa cuando ya hicieron lo contrario.

La ociosidad no es la madre de todos los vicios, sino de todas las virtudes. El ocio es tiempo libre para dedicárselo a uno mismo. Es tiempo para cosechar virtudes. Para pensar. No quieren que pienses. No quieren que sientas. No quieren que tengas tiempo libre. Tenlo. Trabaja sólo para eso: para tener ocio. Si la ociosidad te lleva a los vicios es porque no eres quien quieres ser ni haces lo que quieres hacer, y estás escapando de ti mismo: no quieres encontrarte ni conocerte.

La vida es un chismógrafo. No lo leas. No lo respondas.

viernes, octubre 21, 2016

De animales encerrados y sentimientos encontrados

De niño visité muchos zoológicos gracias a que mi papá trabajó en el zoo que había en el Parque España de la ciudad de Monterrey, lo que le permitía viajar -y llevarme con él- a varios parques y safaris de diferentes partes del país.

Confieso que siempre he tenido sentimientos encontrados con zoológicos y acuarios. Por un lado me parece que sin estos espacios sería imposible para el humano común sensibilizarse, conocer y admirar muchas especies. Por el otro, me parece cruel sacar a los animales de su hábitat natural -incluso si es "para su estudio y conservación"-; por eso digo que, irónicamente, estos lugares "sensibilizan".
Sigo "disfrutando" de ir a zoológicos y acuarios, aunque siempre entro y salgo de ellos con una bola de sentimientos agridulces. Antes de visitar alguno de estos llamados "santuarios", primero trato de informarme un poco sobre sus políticas, programas de conservación, rescate y rehabilitación de animales maltratados, etc.; aunque por más interesantes y serios que estos programas puedan resultar, no dejo de sentirme un poco triste al ver animales tras un enrejado o vidrio, por más grande que sea su jaula. Sí, lo se: es casi casi tan contradictorio como ir a corridas de toros odiándolas, snif.
Ayer visité el Acuario Nacional de Baltimore. Había leído mucho sobre él y tenía curiosidad de conocerlo. Y sí, me pareció muy bonito y muy interesantes sus programas de conservación, investigación y concientización, sobre todo en una ciudad que hace algunos años estuvo sumergida en una vorágine de crimen, drogas y desempleo (aunque no se ha librado del todo). 
Pero hubo algo que me gustó aún más: guías, guardias, recepcionistas, cajeros y la mayoría de los empleados de este lugar eran hombres y mujeres de arriba de 70 años de edad. Esto me pareció genial. Me dio mucho gusto- tanto como ver a "cerillos" octogenarios en los Sorianas- y se diluyó un poco ese remolino de emociones encontradas. 
Total que en la parte del edificio que emula la selva del Amazonas, un anciano con dos aparatos auditivos se nos acercó, me tocó en el hombro y señaló tembloroso hacia la rama de un árbol. Había un perezoso colgado. Nos explicó que lo tres que vivían ahí los había donado un institución guatemalteca. Luego nos preguntó que de dónde los visitábamos y nos platicó de su último viaje a Costa Rica con su esposa, y de lo mucho que les había gustado ese país. Nos platicó de sus amigables políticas de migración -las cuales desconocía- y del respeto que tienen por el medio ambiente (eso sí lo sabía). Al final, el hombre nos dijo a manera de susurro: "Los Estados Unidos deberían de aprender mucho de ese país". Fue refrescante para mi interior escuchar eso. Al despedirnos, el hombre me extendió la mano temblorosa y le dije: "¿Hillary o Trump?". Hizo una trompetilla con la boca, sacó la lengua como si tuviera un ataque de nauseas y agitó la mano. Reí, y seguimos con el recorrido. 

Hacía mucho que no salía con un buen sabor de boca de uno de estos lugares. Sí, a veces -o casi siempre- me preocupo más por los animales que por los humanos; y tal parece que en el Acuario Nacional de Baltimore se preocupan en serio por ambos.

viernes, octubre 07, 2016

El Chocorrol "ve cosas"

Hace como un año andaba dando en adopción al Chocorrol, un gato que adopté hace algún tiempo. Lo encontré porque a diario se escondía en un montón de escombros que había en el patio de la dependencia de seguridad pública en la que trabajé durante tres años. Cuando le ponía agua y comida, salía por un hueco entre varillas y trozos de block, pero aún era algo desconfiado y escurridizo, por lo que nunca se dejó acariciar. Hasta que una vez escuché las intenciones de un par de policías de jugar al tiro al blanco con el felino bicolor para luego llevárselo a la señora de los tamales, y pues no la pensé dos veces y a la primera muestra de confianza que el animalito tuvo conmigo, lo atrapé y decidí traérmelo a mi casa. 

La razón por la que lo estaba dando en adopción era porque a mí y a La Fabi -más a ella que a mí- nos provocaba unas alergias horribles: flujo nasal, comezón en el paladar, ataque de estornudos, ojos inflamados, rojos y llorosos. Como el gato se la pasaba adentro de la casa la mayor parte del tiempo -sí, fui un mal padre y lo consentí de más-, había pelos por todas partes. Lo irónico es que de niño siempre tuve perros y gatos en casa, pues mi papá era veterinario, pero como que con el tiempo fui perdiendo ese superpoder de tragar, respirar y parpadear pelos felinos sin consecuencias.

Para evitar estos achaques, decidí tener al Chocorrol afuera de la casa, en el patio y en la terraza, pero llegaba un momento del día en que el gato se ponía en una ventana y se la pasaba maúlle y maúlle para que lo dejara entrar, y no paraba de maullar hasta que le abría la ventana. Lo que hice entonces fue reducir los espacios a los que podía accesar; pero las alergias seguían, por  lo que el cruel villano de yo tomó la decisión de darlo en adopción anunciándolo en redes sociales. 

Y pues llegó el día en que decidí cambiarme de casa; de mudarme al centro de la ciudad, y nadie había querido adoptar al pobre Chocorrol, snif. Y pues me lo traje, porque no soy un cruel villano, aunque lo haya parecido. 

Me acuerdo que lo primero que hizo el gato cuando lo saqué de la jaula y lo puse en el patio de la nueva casa, fue dar vueltas todo desubicado, como uno de esos carritos de cuerda; como si tuviera el radar descompuesto. Muy curioso. De pronto se quedó inmóvil, con las patas abiertas y las garras de fuera, como aferrándose al suelo; después vio la barda del fondo, corrió hacia ella, pegó un brincó y desapareció por varios días. Mi papá me había dicho que le pusiera aceite en las patas, quesque para que se entretuviera lamiéndoselas y no se fuera, pero ni tiempo me dio de hacer esa brujería.

Todos los días que estuvo desaparecido le puse agua y comida en el patio, pero ni así volvía. De repente por las noches escuchaba un maullido lejano, de esos maullidos largos y afligidos que van languideciendo, pero nada que regresaba. Hasta después de como dos semanas el Chocorrol volvió. Lo curioso es que no pedía entrar a la casa a maullidos, y ¡qué mejor para nosotros!, pues por fin nos habíamos librado de las alergias. Total que le acondicioné como cubil felino el cuarto de malla metálica donde está el tallador y asunto arreglado. Ahí vivía felizmente sin poner gorro y sin provocarnos inflamaciones de ojos y mocos acuosos.  

Pero había algo que me llamaba la atención y me parecía medio creepy. Por las mañanas, al despertar y dirigirme al baño, veía al gato parado frente a la puerta de tela mosquitera que da del patio a mi recámara. Ahí estaba siempre: inmóvil, sin maullar ni nada; con sus ojos amarillos y redondos clavados en "algo", porque ni siquiera a mí me veía. En las noches era igual: llegaba, abría la puerta metálica para que quedara sólo la mosquitera cerrada, encendía la luz del patio y me sacaba un pedo porque ahí estaba el Chocorrol sentado como estatua, mirando hacia adentro. Total que cuando abría la puerta, el gato, en vez de meterse a la casa, salía de su trance y corría a su refugio debajo del tallador. Entonces yo salía, checaba que tuviera agua y comida, le quitaba el exceso de pelo con la carda, lo acariciaba, etc. Cuando regresaba al cuarto, el Chocorrol se asomaba, salía del enrejado, veía hacia la puerta, se acercaba un poco y se quedaba ahí de nuevo: estático, observando hacia el fondo de la casa.
Cabe aclarar que donde vivo es una de esas casas antiguas que llaman "chorizos", pues son muy alargadas y desde el cuarto de enfrente puede verse hasta el fondo del patio. Y digo que miraba hacia el fondo de la casa porque cada que me le ponía enfrente, en vez de penetrarme con su mirada felina, movía la cabeza hacia un lado, como esquivando mi cuerpo; como asomándose para ver qué había detrás de mí. La primera vez que hizo esto, me dio un escalofrío bien gacho; tan gacho que me hizo voltear hacia atrás instintivamente, hacia el cuarto del fondo; pero obviamente no había nada. Después miré de vuelta al Chocorrol, que  seguía con la mirada clavada en algo. Y así fue durante casi siete meses que mi gato se limitó a observar "algo" y no entrar a la casa. Hasta la semana pasada...

La semana pasada, en la noche, salí a regar el patio y dejé la puerta de tela mosquitera abierta, como casi siempre. Cerré la llave del agua, enrollé la manguera y, cuando me disponía a hacerme de cenar para ya irme a dormir, vi al Chocorrol acostado en uno de los sillones de la sala, como si nada; muy tranquilo él, muy campante: como si fuera el dueño de la situación y del espacio. Luego se bajó del sillón y se fue a sentar en el umbral del cuarto del fondo, el que da a la calle: inmóvil, como siempre. Lo observé por unos minutos hasta que, de pronto, se dio la media vuelta, salió corriendo al patio y de un brinco agilísimo se trepó a la barda y se fue. Y desde ese día no ha vuelto a entrar a la casa. Misterio.

jueves, septiembre 29, 2016

Pañales para adulto

El fin de semana teníamos ventanas y postigos abiertos para que el aire corriera y los rincones de la casa se impregnaran de ese característico aroma que producen las amenazas de lluvia.

Al lado de donde vivo hay una casa dividida en 6 ó 7 cuartos, propiedad de un señor que vive a la vuelta de la calle y los renta exclusivamente a hombres, ya sea por semana o por mes.

Contrario a lo que uno pudiera pensar, los inquilinos nunca me han dado problemas: no ponen corridos ni rolas de José José a todo volumen, no ven los partidos ni de Tigres ni de Rayados, no hacen borracheras ni hablan fuerte ni nada. De repente por las mañanas me llega el olor del chorizo con huevo y el sonido de la grasa chirriando en un sartén; y, algunas noches, el tufo de la mota que alguno de los arrendatarios fuma de vez en cuando; pero fuera de eso, nada que sobrepase los límites del respeto y la civilidad.

Total que el fin de semana estábamos cocinando y leyéndonos algunas cosas que habíamos encontrado en Internet, cuando se escucharon unos gritos al lado:

-¡Ya ni chingas, cabrón! Ahí andas todo cagado y todo miado y te sientas en todos los muebles... ¡No la chingues! Tuve que tirar el colchón de tu cama porque lo echaste a perder, hijo de la chingada. ¡Báñate, cabrón cochino! ¡Báaañate! Ni que te cobrara extra por bañarte.

Después se escucharon unos balbuceos. Alguien respondía al regaño, pero era imperceptible lo que decía por las interrupciones de quien gritaba.

-Te me vas a ir de aquí, cabrón. Me vale madres que no me pagues lo que me debes: ¡ya no te aguanto! Pinche cochino... ¡Marrano!... ¡Mira nomás cómo tienes las sillas!...

Después, volvió el silencio; pero con él, la intriga (que se despejó a la mañana siguiente).

Resulta que uno de los inquilinos es un hombre de más de 80 años al que su familia llevó a un asilo de ancianos, pero el hombre no quiso quedarse ahí porque no lo dejaban fumar ni salir ni nada. En el periódico que acostumbraba leer todas las mañanas, vio anunciados los cuartos en renta que están al lado de mi casa, y, sabrá cómo, pero el señor se salió del asilo y llegó a rentar uno. Me he topado al susodicho un par de veces caminando por la banqueta, pero nuestro primer encuentro fue por una confusión: llamó a mi puerta pensando que era la suya. Cuando le dije que él vivía en la casa de al lado, me dijo: "Ábreme... ábreme, cabrón, no estés jugando, yo no me llevo", hasta que salió uno de los ocupantes de la casa y se lo llevó.

Don Chente es quien le renta un pequeño cuarto al octogenario. Don Chente lleva viviendo toda su vida en el centro de Monterrey. Heredó dos propiedades: donde vive -en donde también tiene una pequeña tienda de abarrotes- y la de los cuartos en renta. De repente nos topamos y nos saludamos; a veces platicamos porque estaciona su coche detrás del mío y se la pasa arreglándole cosas al motor. El sábado por la mañana estaba metido debajo del cofre de su coche y, al escuchar que abrí la puerta, me saludó y se disculpó por los gritos. Le pregunté que qué había pasado, y me contó lo del octogenario con incontinencia urinaria y fecal.

Ese mismo día le comenté a la Fabi de qué se había tratado la discusión que habíamos escuchado la noche anterior, y de volada me propuso que fuéramos a comprar unos pañales para adulto. Me pareció buena idea y fuimos. A las 7 de la tarde don Chente seguía arreglando su coche. Llegué con la caja de pañales y le dije que se la diera al señor para que acabara con el problema. "A ver si no se ofende", me dijo, preocupado. "Es medio cabrón el viejo... ya me tiene hasta la madre". "Dígale que si se quiere quedar aquí y no irse al asilo, se los tiene que poner", le sugerí, y sonrió. "Y si no quiere, me dice, y le digo a mi vieja que lo convenza de que se los ponga. Ella tiene tacto pa´eso".

El resto del fin de semana estuvo por demás tranquilo: ya no hubo gritos ni olor a mota ni chirridos de grasa en un sartén ni nada.

El lunes tocaron a la puerta de mi casa. Era don Chente con la caja de pañales. "No los quiso el pinche viejo. Me los aventó y se puso a llorar; luego me dijo que no lo corriera y que no le hablara a su familia. ¿Qué hago?". Me quedé callado. "Le dije que iba a venir la muchacha de al lado a ponérselos (o sea, la Fabi), y me rayó la madre".

Y pues aquí seguimos pensando en alguna forma de convencer al anciano para que se ponga los pañales sin que se sienta humillado. Si tienen alguna idea, es bienvenida.

Como dato adicional, le comenté esta anécdota a unos conocidos. Su reacción fue: "¿Pa´qué se meten? Que el viejo y su rentero se hagan garras solos". Neta, ojalá nunca necesiten pañales. Culeros.