viernes, julio 21, 2017

La señora de los gatos (última parte)

En El Gargantúa –o Gargantúas– se proyecta de vez en cuando el malamente llamado “cine de arte”; y digo “malamente” porque el cine ya está considerado como un arte en sí y bla bla bla. 

También se organizan tocadas en un patio muy a gusto que hay al fondo de la casona donde está afincado este espacio: tocadas, obras de teatro, exposiciones y todo tipo de eventos relacionados con la cultura y el mundillo artístico de Monterrey. 

De una y media a cinco de la tarde se sirven los ya famosos tacos de lomo de cerdo, la razón que me llevó a reencontrarme con este sitio. Y digo “ya famosos” porque fueron aprobados por Changarreando: un suplemento del periódico más importante de esta ciudad; algo así como “Las Estrellas Michelin Regiomontanas”. Ah, y también se sirve cerveza a precios razonables a personas de apariencia más razonable que en otros lugares. 

Y como les platicaba en el post anterior, en este lugar, detrás de la barra, es en donde trabaja La Señora de los Gatos de mi infancia. 

Confieso que no ahondé mucho en temas personales o en eso de ponernos al corriente con nuestras vidas. Nuestra plática fue más bien un ejercicio de revivir recuerdos del barrio de mi niñez; memorias de las que ya he platicado algunas veces en esta bitácora. Y confieso también que esta coincidencia me resultó un tanto incómoda, pues fue algo así como: "Híjole... qué pena... en verdad te pido perdón por haberte hecho hacer tantos corajes cuando era niño".

Recuerdo que, apenado, le pregunté su nombre, pues siempre la conocí como La Señora de los Gatos o La Regañona de los Departamentos; y que, si no era indiscreción –todos los que dicen esta frase es porque van a preguntar una indiscreción–, cuántos años tenía, pues me había llamado mucho la atención la anécdota de su gato enfermo cuando era una niña y mi papá lo salvó. 

Grosso modo: Luisa tiene 58 años y usa el cabello de color azul. Nunca se casó, nunca tuvo hijos –“Con ustedes tuve, cabrones”, dijo agitando la mano– y sigue amando a los gatos, aunque ahora sólo tiene uno. Le dije que yo tampoco estaba casado, que tampoco tenía hijos y que también tenía un gato. 
Quién iba a pensar que tuviera tantas similitudes con la señora que tuve tantas diferencias de niño.

Pero es viernes y ya es de noche y qué hueva que esté yo aquí platicándoles anécdotas de antaño y coincidencias extrañas. Es viernes y es un buen día para ir a conocer El Gargantúa y conocer en persona a Luisa, para que ella les platique de aquellos niños gorrosos que se subían a la azotea del edificio en donde vivió hace 30 años. Díganle que yo les hablé de ella. Ya otro día irán más temprano a probar los famosos tacos de lomo de cerdo.

lunes, julio 17, 2017

La señora de los gatos

En la esquina de Álvarez Cabral y Diego Velázquez había un pequeño edificio de dos plantas, el único edificio de apartamentos en un barrio que, en aquel entonces, comenzaba a poblarse de residencias. 

Mis amigos de la cuadra y yo solíamos subir a la azotea de aquella construcción cuando jugábamos a Las Escondidas, pues la oscuridad y los tinacos dispuestos en una de las esquinas de la terraza eran garantía de que nadie nos encontraría. 

También subíamos durante el día, para jugar en el desagüe: un tubo de PVC que bajaba por dentro de uno de los muros hasta la banqueta. Una de tantas diversiones consistía en meter por ahí cochecitos Hot Wheels que salían disparados hacia la calle. Recuerdo que una vez la sincronía fue tan perfecta que uno de los carritos fue a dar justo debajo de la llanta delantera de una motocicleta que iba pasando. 

Cuando andábamos con ganas de hacer travesuras, orinábamos adentro del caño para mojarle los zapatos a los incautos que pasaban por la acera. Tenía su chiste esta diablura. Requería toda una logística de sincronización; lo que con los Hot Wheels a veces se daba sin planearlo. Para empezar, se necesitaba beber mucha agua y que alguien del grupo –el que menos ganas de orinar tuviera- cumpliera la función de vigía. El vigía, al percatarse de que alguien se acercaba, tenía que calcular la distancia al tanteo, los pasos que le faltaban a la víctima para pasar por el edificio y el tiempo que tardaban los meados en bajar por el tubo; para de inmediato dar la señal que nos indicaba descargar nuestras vejigas en el boquete del canal, esperando que el chorro fuera certero. Los transeúntes pegaban de brincos cuando los orines se desparramaban por el pavimento, y alzaban la mirada al escucharnos correr atacados de la risa para resguardarnos detrás de los tinacos. 

Las pisadas de nuestra huida siempre nos delataban con la vecina del departamento de abajo, a quien conocíamos simplemente como La Señora de los Gatos. Sí, desde aquel entonces existían señoras con gatos, pero supongo que no se habían popularizado como hoy porque no existía el Internet. En sí no era una señora, pero ya saben que de niños cualquier persona arriba de los 18 años "es un señor". La mujer tendría entre 25 y 30 años, vivía con su esposo, novio o pareja, y siempre que escuchaba nuestros pasos en la azotea, salía a regañarnos y a pedirnos que por favor nos bajáramos de ahí.

Alguna vez nos invitó a pasar a su depa para mostrarnos la cantidad de gatos que tenía. Desde ahí nos cayó mejor. Por tal motivo, intentábamos subir a jugar a la azotea sin hacer ya tanto ruido, para no molestarla, pero no faltaba a quién se le escapara una risa o un grito que hacía que saliera del apartamento para llamarnos la atención por milésima vez y bajarnos de ahí. No recuerdo si alguna vez –harta ya de nosotros- fue y habló con nuestros padres acerca de nuestras travesuras; lo que sí es que tiempo después le pusieron una puerta de fierro al edificio y ya nos fue imposible subir a la terraza. 

Intentamos hacerlo un par de veces: una vez fue trepando por las ramas de un frondoso trueno que estaba a un lado del desagüe, pero su altura se quedaba corta con la del edificio. La otra vez un amigo lo intentó escalando por la pared de enfrente, pues tenía ladrillos saltados, como un acabado moderno; pero tampoco lo logró, así es que tuvimos que olvidarnos de escondernos detrás de los tinacos, aventar Hot Wheels por el desagüe y mojar con orines los zapatos de desconocidos. 

A La Señora de los Gatos la veíamos de vez en vez, cuando salía a fumar al pasillo del edificio o llegaba en su coche y guardábamos la esperanza de que dejara la puerta de fierro abierta y así pudiéramos subir de nuevo a la azotea. Pero con el tiempo dejamos de verla y no volvimos a saber nada de ella.

Sobre la calle Escobedo, pasando Arteaga, en el centro de la ciudad, hay un bar/restaurante/espacio cultural llamado El Gargantúa. Alguna vez fui ahí a ver una película o un grupo o algo culturoso, pero jamás regresé. Nunca volví porque pensé que ya había desaparecido y, antes, venir al centro de la ciudad me parecía todo un problema; hasta que me cambié a vivir aquí. 

Total que resultó que El Gargantúa sigue existiendo: acaba de cumplir 13 años, según un reportaje que vi en el periodicote de la ciudad, por lo que el viernes decidí ir a tomarme un par de cervezas y probar los tacos que recomendaban en el artículo.

Cuando llegué al lugar me senté en la barra. La mujer que atendía detrás del mostrador me informó que ya no estaban sirviendo los tacos que habían recomendado en la crónica del diario: “Son nada más de 1 a 5 de la tarde”, me comentó, y agregó que por el momento tenían sólo tres tipos de guisos, así que decidí pedir uno de cada uno y una cerveza. La mujer, de unos cincuenta años, lentes y cabello liso de color azul, apuntó mi pedido con una pluma en un pedazo de papel, para después transcribirlo en una computadora:

-¿Cuál es tu nombre?, para registrarte aquí en la lista de clientes.

-Gustavo.

-¿Gustavo qué?

-Caballero.

Despegó la mirada del monitor, bajó el rostro y me observó por encima del armazón de los anteojos, sonriendo:

-Te pareces mucho a tu papá.

-¿En serio? ¿De dónde lo conoce?

-Uuuuy, desde hace mucho tiempo... De niña, cuando tenía unos 11 ó 12 años, le llevé a tu papá un gato que se me estaba muriendo; ya no se movía el pobre. Tu papá me lo salvó. No se me olvida. Después fuimos casi casi vecinos. Tal vez no te acuerdas de mí. Vivía a una cuadra de tu casa.

-¿A poco? ¿En qué calle vivía?

-En los departamentos de la esquina de Álvarez Cabral y Diego Velázquez. Soy la señora de los gatos.

Continuará...

lunes, julio 03, 2017

Concursos de caricatura

Este año le he estado entrando a todos los concursos de caricatura de los que me entero. De marzo a la fecha he mandado más de 30 dibujos a 17 concursos en diferentes partes del mundo: España, Luxemburgo, Chipre, Dinamarca, Noruega, Turquía, Brasil, etc. 

La temática de los certámenes ha sido variada, desde "Cultura", "Libertad de Expresión", "Ecología" y "Comunicación"; hasta "Sal y Pimienta", "Caracoles" y "Aceitunas".

Algunos concursos otorgan premios económicos y pagan los viáticos de los ganadores para que estén presenten en la ceremonia de premiación; otros sólo mandan diplomas, trofeos virtuales o conceden el honor de exhibir tu obra junto a los 10, 20 ó 50 dibujos seleccionados como "los mejores".

Para no echarles tanto rollo, a continuación les presento algunos cartones que he mandado a estos certámenes, a ver qué les parecen. Si alguno o varios les gustan, siéntanse con la libertad de compartirlos.

En Italia -no recuerdo la ciudad- hubo un concurso cuya temática era "La Cultura"; así, en general. Confieso que batallé un poco para que me vinieran un par de ideas a la cabeza, pues "cultura" es un tema muy amplio. Pero la inspiración llegó y éstas fueron mis dos propuestas:  
En la ciudad de Viborg, en Dinamarca, se llevó a cabo el quinto Niels Bugge Cartoon-Award. El tema a tratar fue "Comunicación" (también, un tema amplísimo, pero con el que batallé menos para que se me ocurriera algo). Éstas fueron mis tres propuestas:
En Luxemburgo -en la villa de Vianden- se llevó a cabo el Décimo Concurso Internacional de Caricatura y Cartón, cuya temática era "Abejas y Felicidad". Sí, a veces las temáticas son peculiares, pero no dejan de ser divertidas. Estos fueron los tres dibujos que mandé, los cuales fueron seleccionados para la exposición en el Museo del Cartón y Caricatura de Vianden:
En Turquía hubo un certamen sobre la relación de los libros y la civilización. Yo creo que, hasta el momento, ha sido mi favorito en cuanto a temática. Aquí mis dos propuestas:
En Canadá se llevó a cabo el "F for Fake", sobre noticias falsas. Aquí pueden ver al ganador de este año y a los de años anteriores. Mi propuesta para este concurso fue la siguiente:
A Irán -país donde se llevan a cabo demasiados certámenes de caricatura y cartón político- mandé este dibujo, pues la temática era el respeto de las diferencias: 
A Noruega mandé estos tres dibujos para el Primer Concurso de Caricatura Internacional sobre la Libertad de Expresión. Cabe aclarar que quien ganó el primer lugar de esta competencia fue un colega mexicano:
Estas cinco las mandé al concurso de caricatura que organiza año con año el Festival de la Aceituna que se lleva a cabo en la municipalidad de Kyrenia, en Chipre. Estos dibujos sí tuve que enviarlos físicamente, es decir, por correo tradicional, pues era una de las reglas del evento. Los originales no se devuelven, se exhiben en el evento y pasan a formar parte de los archivos del Museo de la Caricatura de aquella localidad.
En Irán se realizó otro concurso, ahora con temática anti Trump. Me di vuelo con el nefasto tipo y se me ocurrieron varias ideas. Estas tres fueron las que más me gustaron:
A Rumania mandé este dibujo sobre la sal y la pimienta, el cual gustó y quedó seleccionado entre los 25 mejores para ser exhibidos en el evento y publicado en una revista llamada como la temática del certamen: "Salt and Pepper":
Y pues ya; por el momento es todo. Algunos cartones no los he subido a mis redes sociales porque aún no han dado los resultados de los concursos, pero teniendo respuestas de los jurados se los comparto con gusto. Mientras tanto, seguiré participando. Saludos y buen inicio de semana.

martes, junio 13, 2017

Regios payasos

Si algo no tiene Monterrey es coulrofobia; al contrario: la ciudad siempre ha tenido una extraña fijación hacia los payasos. ¿No me creen? Hagamos un listado: Los Chicharrines, Los Payasónicos, Los Vips, Tomy, Betín, Panchín, Duglín, Ratón, Campita, Globito, Zancudín, Chirriscuas, Cepillín, Tolocho, Lochito, Las Muñequitas, Bely, etc.; todo esto sin contar la cantidad de patiños, botargas y payasos sin maquillaje que hubo, hay y siguen reproduciéndose como Gremlins: Mayito Bezares, Chavana, Juan Pestañas, Lázaro Salazar, el perro Romel, Beto el de Bely, El Tiburón Molacho, La Pulga Traviesa, El Bronco y demás.

Sí, lo sé, queridos lectores: Monterrey tiene unas filias un tanto retorcidas; de hecho, me sorprende que no haya todavía un payaso que se llame Carnita Asada o Parrillita o Asadorsín o Arracherita o algo por el estilo. Y sí, lo sé, queridos lectores: lo más retorcido es que yo -hombre letrado y Premio Nobel en Mafufadas- me sepa todos esos nombres de la lista, snif. Pero bueno... 

A lo que iba es que Pipo ha sido el más famoso de todos los payasos de esta ciudad gracias a que tuvo uno de los programas más longevos de la pinchurrienta televisión regiomontana. Incluso después de su muerte le hicieron un mega homenaje al que vinieron payasos de todos los planetas, le pusieron su nombre a una calle y a un parque, y hasta le hicieron ¡un museo! Sí, un museo dedicado a un payaso: así de cabrón creen que está el tal Pipo. No dudo que al rato lo quieran hacer Patrimonio de la Humanidad o una mamada así. 

Pero dejando a un lado toda esta idolatría por el maquillaje y las pelucas de colores de los regios, yo me quedo con la leyenda urbana que envuelve a este personaje de pelos de escobeta anaranjados; ese mito que siempre sale a relucir cuando uno recuerda su infancia regia: la del Pipo pederasta; la del Pipo que le hacía tocamientos a los hijos de los empleados de intendencia del Canal 2; parafilia que -dicen- proyectaba inconscientemente en su programa con el tan famoso pip pip. "¿Quieres pip pip?", les decía Pipo a los niños que merendaban en vivo en el estudio, para de inmediato apachurrarles un par de veces la nariz con el pulgar y el índice. Ésa era su gracia; con eso soñaban los niños de Monterrey: con que Pipo les hiciera pip pip.

Y la pregunta sigue siendo: ¿qué pedo con los regiomontanos y su fijación con los payasos? Lo único que puedo responder es que la gente de Monterrey es muuuy extraña... muuuy extraña.

lunes, junio 05, 2017

La normalización de los males

Siempre me acuerdo de una anécdota que me contó un amigo que trabajó durante diez años en Ecuador. Decía que allá "lo veían feo" cuando pedía una Coca-Cola en el desayuno. Cuando esto sucedía, se justificaba diciendo que en Monterrey, su ciudad natal, era de lo más normal acompañar unos tacos mañaneros con una Coca-Cola; cosa que los ecuatorianos veían con algo de incredulidad y horror.    

Menciono esta anécdota porque así como se volvió normal pedir una Coca-Cola a las ocho de la mañana para acompañar unos tacos de barbacoa o guisos, así, sin darnos cuenta, se han ido normalizando muchas cosas; pero pienso especialmente en el miedo y en la violencia. En la normalización del miedo y la violencia.

El primer crimen que conmocionó a mi generación y marcó para siempre al Monterrey moderno, fue el asesinato del niño Hernán. Lo secuestraron en 1986 saliendo de la escuela; los captores pidieron un rescate millonario a su familia y, tiempo después, su cuerpo fue encontrado estrangulado dentro de un costal de ixtle, en el fondo de una noria, en el municipio de Villa de Santiago. 

Yo iba a cumplir 10 años. Me acuerdo que en mi colegio había varios familiares de Hernán. Uno de ellos estaba en mi salón y creo que otro -u otra- iba en el salón de mi hermana -no recuerdo si eran hermanos o primos-; pero me acuerdo que uno de estos niños -el más cercano, supongo- faltó algunos días a clases. A su regreso, el director del plantel se apareció en el salón, dijo algunas palabras y pidió que los alumnos nos pusiéramos de pie y abrazáramos al niño. Titubeantes, obedecimos, y esquivando los pupitres nos acercamos hasta donde estaba sentado; cabizbajo. Al sentir los abrazos de sus compañeros, el niño se soltó llorando. Todo el salón hizo lo mismo. 

Pero recuerdo que no fue un llanto de compasión, sino más bien de incertidumbre. Nuestras miradas buscaban posarse en algún punto fijo, pues no estábamos seguros de lo que acababa de suceder; no entendíamos bien a bien lo que había pasado. Si no entendíamos la muerte como un proceso natural, ¡menos la muerte de un niño de nuestra edad! (y de esa forma tan horrible). Eso no sucedía ni en las películas de terror, y parecía que nuestro mundo se acababa de convertir en algo peor: en un mundo ya no de monstruos ni fantasmas, sino de villanos reales que mataban niños. Y no entendíamos nada. Quizás el dolor de unos compañeros que habían perdido a alguien querido. Y el miedo. Mucho miedo. El miedo de salir a jugar al parque, de soltarle la mano a nuestros padres en el centro comercial; miedo al robachicos, al Viejo del Costal, al albañil y al velador que cuidaba la construcción de la cuadra. Y el miedo se volvió normal. Se volvió costumbre temerle al pobre, desconfiar del extraño, cuidarse de los desconocidos que te sonreían en la calle...
Y de un tiempo a la fecha lo mismo sucedió con la violencia: ya no nos sorprenden los robos, los asaltos a mano armada, las extorsiones, los asesinatos a plena luz del día, los descuartizados, etc. Incluso les decimos "malitos" a los criminales. La violencia se han vuelto algo normal, y cuando algo se normaliza, deja de calar; se borra de nuestros radares; nos insensibiliza; se nos hace un callo...

El miedo y la violencia se volvieron tan normales como atascarnos de carne y amanecer crudos los fines de semana. Se volvieron tan normales como ver las montañas a diario: que si un día las dejamos de ver, ni cuenta nos damos. Se volvió habitual tener idiotas en la televisión y en las redes sociales haciéndose pasar por líderes de opinión que repiten una y otra vez lo mismo. Se volvió común usar "indio" como insulto, pagar todo más caro y decirle "naco" a quien no pertenece a nuestra condición social. Se volvió natural tener mentirosos, cínicos, rateros y corruptos en el poder. Todo lo malo se ha normalizado, se ha hecho costumbre; incluso virtud. Se ha vuelto parte de nuestra idiosincrasia, de nuestro sentido del humor, de nuestra picardía. Preferimos reír a llorar.

Y así vivimos desde hace años: como la rana en la olla. Hirviendo lentamente hasta que, sin darnos cuenta, terminaremos cocidos. Si no es que ya lo estamos.

viernes, junio 02, 2017

Breve texto sobre la breve historia del progreso

En Breve historia del progreso, Ronald Wright, su autor, asegura que las élites de todas las civilizaciones se vuelven extremistas o ultraconservadoras cuando encaran su final, es por eso que exprimen hasta la última gota de cuantos recursos humanos y naturales tengan a su disposición.

Esto podría explicar el actuar de Donald Trump hacia todo lo que tenga que ver con el medio ambiente. Incluso pudiera explicar la voracidad y rapiña descarada de los últimos gobernadores de la mayoría de los estados de México (que si antes eran ratas, estos últimos salieron ratas gigantescas).

¿Será que Los Estados Unidos de América perciben su inminente final como el imperio global que siempre han pretendido ser? ¿Será que los gobernadores mexicanos -y políticos en general- advierten la caducidad y desaparición definitiva de sus ancestrales partidos? Podría ser... La cosa es que, en lo que desaparecen (que esperamos, sea muy pronto), dejarán a su paso incertidumbre, caos y desolación, snif.

Para complementar este pequeño escrito, les comparto tres caricaturas que mandé a un concurso "antiTrump"en Irán. Espero les gusten: