martes, septiembre 20, 2016

Carta a la ciudad de Monterrey por sus 420 años

Hola, Monterrey. Quizás no me recuerdes. Soy uno de los tantos que nació y creció en tu suelo. No voy a decir que esto me enorgullece, pues me parece absurdo sentir orgullo por una casualidad, no por una virtud; y, como dicen por ahí: se enorgullece de circunstancias quien carece de virtudes.

No sé cómo dirigirme a ti: si en singular o en plural, pues eres una ciudad y me queda claro que a una ciudad la construyen sus habitantes, pero como en esta carta tengo algunos reproches, no me gustaría que al hablarte en plural sintieran que estoy generalizando; por lo tanto, si en alguna parte de este texto llego a referirme a ti en plural, que tus oriundos no se pongan el saco (a menos que les ajuste).

Confieso que siempre he tenido una relación de amor/odio contigo. A veces he querido irme para no volver jamás, pero siempre surge algo que me hace regresar o quedarme; porque, como lo dije antes: a la patria la forman sus habitantes, y considero que en ti viven algunos muy valiosos -muy pocos- que te hacen una metrópoli más llevadera. Y sí: digo "muy pocos" porque, si los regiomontanos ejemplares fueran la mayoría, esta capital sería otra; una mejor: más culta y menos violenta, por ejemplo. Por lo tanto te darás cuenta que tampoco creo en eso de que "somos más los buenos". No es cierto. Se vería reflejado. Matemáticas simples.

En años no he visto que hayas cambiado para mejorar. No he visto ni avances ni beneficios ni grandeza. Acepto que tienes más calles, más puentes, más carros, más fraccionamientos, más empresas extranjeras y más edificios; pero también tienes más deuda, más oxxos, más casinos, más expendios de cerveza, menos banquetas, menos árboles, menos plazas públicas, menos aire limpio, menos empleo, menos tranquilidad y menos igualdad. Supongo que "es el costo del progreso" y "la modernidad", pero yo más bien creo que traes un desequilibrio tremendo: que confundes lo grandioso con lo grandote; que vas de reversa, directito a un precipicio, y nadie quiere darse cuenta.

Te aclaro que digo esto porque los regios nos caracterizamos por "decir las cosas como son" -quesque ésa es una de nuestras "virtudes"-, aunque siempre me ha parecido que nos gusta decir las cosas pero que no nos las digan; ¡menos si es para criticar nuestros usos y costumbres! Somos convenencieros de piel muy delgada que no vemos más allá del Cerro de la Silla; y, si queremos ser mejores (no, no lo somos aunque así nos creamos), tenemos que empezar a cambiar esos detalles. Por lo tanto, seguiré diciéndote lo que siento.

Te confieso que nunca me ha gustado tu filosofía del trabajo. Me parece chantajista y esclavista. Yo creo que eso es lo que más gordo me cae de ti (y que estés dividida por dos equipos de futbol). Enalteces el trabajo como si no tuviéramos otra opción; como si nadie más en el mundo trabajara. Para ti, quien no trabaja es porque no quiere, no porque no tenga oportunidad. Claro, trabajo hay mucho; ¿de qué?, es el dilema. Esa mentalidad de "A jalar que no hay de otra" o "No hay crisis que aguante 15 horas de trabajo diario" me parece aberrante. Exiges mucho y no ofreces mucho. Aquí no hay gente trabajadora, aquí hay esclavos felices de serlo porque creen que no tienen opción (ah, y porque creen que mantienen al resto de México). Y te pregunto: ¿qué puedes esperar de individuos que viven sólo para trabajar? Lo más irónico del asunto es que tanto trabajo no se ve reflejado por ningún lado; pues sigo viendo hambrientos, personas durmiendo en las calles, matando por un teléfono celular o sumándose a las filas del crimen organizado. Te repito: si todo eso positivo que dicen de ti fuera cierto, otra ciudad serías: una mil veces mejor para todos, no para unos cuantos.

Como te lo señalé renglones atrás, tampoco creo que seas moderna ni cosmopolita ni progresista ni de vanguardia. No, que tengas unos cuantos edificios bonitos no te hacen moderna. Tu doble moral, tus golpes de pecho, tu clasismo, tu racismo y ese desprecio por todo lo que es ajeno "al norteño" nunca te permitirán ser de primer mundo. Las ciudades modernas tienen mentalidades abiertas, aceptan la diversidad en todas sus formas, se adaptan a los cambios, le dan vuelta a la página, no se estancan en moldes anacrónicos de pensamiento y conducta que son un lastre para su desarrollo intelectual y espiritual. Veo que el regio está conforme con lo que es porque no cree merecer más, pues se cree lo más chingón que hay, ya que confunde su miseria e ignorancia con sus virtudes, y se aferra a éstas y las presume y se le inflama el pecho y pobre de quien sea distinto a él.

Veo con tristeza que el regiomontano promedio se quedó estancado en esa caricatura del bebedor de cerveza que asa carne, se enajena con el futbol, trabaja todo el día, maneja una troca y habla golpeado. Al regio genérico le encanta que esas cuatro o cinco tonterías lo definan; ah, y cuidado a quien las quiera cambiar. Y me pregunto: ¿acaso no tenemos virtudes? ¡Una aunque sea! Pareciera que no nos concebimos ya de otra manera, y esa es nuestra gran derrota, pues cualquier intento de unión o cambio para bien, será fallido. Nos hemos ajustado tan bien a ese grotesco estereotipo que no conocemos otro destino más allá que el trazado por Tigres o Rayados, Televisa o Multimedios, carne de la San Juan o de la Ramos, Tecate Light o Indio, corridos o rock, Don Rober o Chavana, te chingo o me chingas, plata o plomo.

Podría ponerme fatalista y decir que la única esperanza que tenemos los regiomontanos para salvar esta ciudad es que se siga pudriendo hasta que no quede nada de ella, pues nada glorioso podría surgir de la mierda en la que se encuentra sumergida. Podría decir que nos merecemos todos y cada uno de los horrores diarios que padecemos en esta metrópoli por ser los ciudadanos conformistas y agachones que somos; que merecemos la humillación diaria de autoridades, empresarios y criminales, ante quienes hemos vivido arrodillados toda la vida. Podría decir que no merecemos más que la música y la televisión basura que nos ofrecen y el salario miserable que nos pagan. Podría decir que quienes aspiramos a un nuevo amanecer tenemos que irnos a otra parte y desear con todas nuestras fuerzas que se acelere la putrefacción de esta tierra hasta que no quede nada, para ver si de ahí renace algo nuevo y mejor. Pero no. El ingenuo de mí abriga aún la esperanza de que esta ciudad mejore gracias a una nueva especie de ciudadanos que, así como yo, aspira a que Monterrey sea como Vancouver o Sídney, no como McAllen o San Antonio.

Gracias por tu atención, ciudad de Monterrey. ¡Felicidades por tus 420 años! Con ciudadanos como los que has tenido -que te han saqueado, ensuciado, sangrado, pavimentado, secado y depredado-, es admirable que hayas sobrevivido tanto tiempo. 

viernes, septiembre 16, 2016

Viva México...

Me gusta el 16 de septiembre porque desde muy temprano cierran muchas calles del centro de la ciudad y se puede andar en bici, tomando fotos de ese sentimiento, orgullo colectivo o fenómeno cultural llamado "patriotismo".
Foto de Fabiola Garza
Foto de Fabiola Garza
Muy bonito, ¿no? Pero veamos qué opinaba Ricardo Flores Magón sobre el patriotismo.
¡Booofos! En la mera jeta.

martes, septiembre 06, 2016

Misión cumplida (a medias)

Ayer lunes por fin entregué la computadora e impresora que entre varios lectores de este espacio  y de mi cuenta de Twitter compraron con la intención de hacer un donativo.

Como ya sabrán, fue imposible entregarle las cosas a Ana, la niña que vende tostadas y en un principio inspiró esta historia. Varias inconsistencias en sus pláticas (primero me dijo una dirección donde supuestamente vivía, pero era sólo donde guardan los triciclos; luego resultó ser otro el domicilio) y una hermana mayor que la deja encerrada cuidando niños y se niega a recibir los regalos, complicaron la entrega.

Al dar a conocer esta tragedia, snif, y no saber ya qué hacer con todo lo que había recibido en donativos para la niña, me llegaron propuestas de distintas personas e instituciones que atienden programas educativos interesantes; proyectos donde hacían falta muchas cosas, entre ellas: computadoras, impresoras y libros.
La propuesta de la licenciada Sylvia Ramírez Hernández (sylramirezh@gmail.com o @sylvanella), psicóloga de profesión con amplia experiencia en el ramo infantil, fue la que más me interesó. Aquí les pongo unos fragmentos de la plática que sostuve con ella sobre la labor que realiza en una escuela pública del municipio de Escobedo:
Y pues ayer lunes me lancé al municipio de Escobedo con los donativos para entregárselos a la licenciada. Creo que fue una buena elección, pues la laptop será aprovechada por más de un niño. También quedé en seguir en contacto con la Lic. Sylvia para donar más libros (muchos vienen aún en camino) y árboles frutales, para que los alumnos del plantel construyan un huerto; y pues ver en qué más se les puede apoyar dentro de nuestras posibilidades.
Caminito de la escuela...
Por la mañana, bomberito...
...por la tarde, manguerita :)
"¿Y Ana, la niña lectora?", se preguntarán... Pues ya no supe nada de ella desde la última vez que visitamos su casa. Como les comenté, le dejé a su cuñado mi cuenta de Twitter, mi blog, mi correo electrónico y mi teléfono apuntados en un cuaderno para que comprobara que lo que les había dicho ese día era cierto y se pusieran en contacto conmigo si así lo deseaban; pero hasta el día de hoy no lo han hecho. Me he dado mis vueltas al banco que está en contra esquina de donde se pone el triciclo de las tostadas, pero no he visto a Ana. Casi siempre está su otra hermana o el novio -o esposo- de ésta.
Digo que la misión "está a medias" porque seguiré al pendiente del caso de Ana, pues, como muchos de los que aportaron, también pienso que la ayuda desde un principio era para ella, pues fue su historia la que movió a mis lectores a ayudarla, y siguen habiendo muchas personas interesadas en mandarle apoyos; y, aunque sí alcancé a entregarle varios libros ahí en el triciclo, ya no pude darle todos. Por eso, estaré al pendiente y los mantendré al tanto si hay alguna novedad con la niña; mientras tanto: ¡muchas gracias a todos!

viernes, septiembre 02, 2016

La niña que vende tostadas y bla bla bla (tercera parte)

Pues con lo que se recaudó de donativos en PayPal le compramos su computadora a Ana, la niña lectora que vende tostadas frente a la Plaza de la Luz, ¡y hasta impresora de obsequio alcanzó!
Para el 23 de agosto llevábamos esta cantidad recaudada...
...y terminamos juntando esta cantidad
La abrí para probarla y que un amigo me le instalara varias cosas.
Con lo que depositaron directamente en mi cuenta de Banorte (casi $1500) y lo que yo me comprometí a donar a la causa, le íbamos a comprar un celular o un Kindle a Ana, pero por recomendaciones de personas que habían aportado billetes y otros bienintencionados que querían dar su opinión, decidimos mejor comprarle otras cosas y darle por semana -o quincena-, durante un par de meses, una cantidad razonable para lo que necesitara.

Por mi cuenta le compré en Sanborns el libro Todo Mafalda, el cual considero que puede serle de más utilidad que muchos libro de texto. También recibí donaciones de libros de algunos lectores de mi cuenta de Twitter y de este blog, libros que ya entregué personalmente, como les comenté en el post anterior. De hecho, muchos obsequios vienen aún en camino. También hubo personas que donaron bastantes libros digitales, a los que les creamos accesos directos. La verdad es que la gente se portó a toda madre; muy compasiva y generosa.
Y pues sí, queridos lectores, todo iba muy bien con esta bonita historia de generosidad y humanismo: hasta los pajarillos llegaban a cantar a la ventana de la cocina donde dejaba enfriando el pay de manzana que acababa de hornear, mientras silbaba El Himno a la Alegría acompañado de las tazas y teteras que bailaban y cantaban sobre los gabinetes. ¡Bien bonito!

Total que fui a buscar a Ana al triciclo frente a la plaza, pero estaba la hermana. Ésta me dijo que Ana ya había entrado a la escuela, por lo tanto, ya no iba a poder estar yendo a vender tostadas; pero que podía entregarle los donativos en su casa, y me pasó la dirección. No quiso que se los dejara a ella porque le daba miedo que les pasara algo o alguien se diera cuenta de las cajas y se las fueran a robar. También me comentó que varias personas habían ido a dejarle libros, y ella se los había entregado a su hermanita, cosa que me dio gusto, tanto por Ana como por las personas que tuvieron la iniciativa de hacerlo.

Y pues bueno, resultó que Ana vive con oootra hermana mayor y con su cuñado; no con ésta que vende tostadas y también tiene un novio o esposo o pareja que, en un principio, pensé que eran sus tutores. "Ana va a la escuela en las mañana y en las tardes hace tarea y cuida a mis sobrinos en lo que mi hermana y mi cuñado trabajan. Vaya, ahí está todo el día", me dijo. Y pues yo obedecí.

Total que el lunes fui a hacer entrega del donativo al domicilio. Al llegar al edificio me saqué un chorro de onda porque era el edifico en donde han vivido varios amigos comiqueros y artistas. Pensé: "Pues en condición de calle o miserable no está la niña", cosa que me dio gusto; pero luego me saqué más de onda cuando vi que en el número en donde vive Ana, yo había estado varias veces en reuniones con otros colegas, cuando hacíamos la revista #$%& Cómics! La verdad nunca me aprendí la calle de ese edificio. Sabía llegar porque está muy céntrico: no tiene pierde si te explican con señas, pero no recordaba que esa fuera la dirección, y pues ya se imaginarán la impresión que me causó tan extraña coincidencia, onda Dimensión Desconocida.

Total que subí con las cajas -la de la impresora y la de la laptop- y una bolsa con libros, y toqué en la puerta. La cortina se corrió y se asomó la cabeza de Ana. Se sacó de onda al verme. Me preguntó que cómo había entrado. Le dije que la puerta de abajo estaba abierta, que le llevaba la computadora que había pedido. Se puso a brincar con las manos en la cabeza en lo que parecía ser una sala improvisada que alcanzaba a ver cada que el aire movía la cortina. Se acercó de nuevo a la ventana y me preguntó si tenía prisa, pues su hermana no estaba en el domicilio y no tenía llave para abrir la puerta. Le dije que no había problema; que yo esperaba. En eso se asomó un niño de unos ocho años y me sonrió y lo saludé y luego se escondió.

Esperé sentado en las escaleras. A los diez o quince minutos, llegó la hermana y el cuñado con un par de niños más pequeños que el que estaba con Ana. Me puse de pie, les di las buenas tardes, les pregunté si ellos eran los familiares de Ana, les dije la razón de mi visita y bla bla bla; pero se siguieron de largo. No me devolvieron el saludo ni me respondieron ni me preguntaron nada; me observaban por encima del hombro, de arriba a abajo, como con sospecha, como molestos, sin decir una palabra. Me sentí de la chingada. Casi casi los perseguí mientras les explicaba de nuevo la dinámica de lo que había sucedido. Frente a la puerta del apartamento, les repetí lo que les acababa de decir, y simplemente entraron y cerraron la puerta. Me quedé en shock. Digo, al menos sonríes o devuelves el "Buenas tardes" o te detienes y pides explicaciones; pero esta gente nada de eso: se siguió de largo observándome por encima del hombro mientra yo hablaba como imbécil. Toqué a la puerta y salió el cuñado:

-¿Sí me entendió lo que le acabo de platicar? -le dije.

-No pues la verdad no estamos enterados de esto... la verdad...

Saqué mi teléfono para mostrarle las capturas de pantalla con los comentarios de buena fe, los donativos, la historia del blog, los tweets, los correos, todo; pero en vez enfocarse en la pantalla, el hombre se me quedaba viendo, desconfiado.

-Vea la pantalla: aquí está lo que le estoy diciendo. Le digo que un grupo de personas decidió ayudar a Ana con una computadora cuando se enteraron de que, aparte de vender tostadas, le gusta leer y va a la escuela.

El güey no decía nada. Hacía como que veía la pantalla, asentía y me volteaba a ver de nuevo: "No, pos yo no sé nada de eso", me decía.

-Podría hablarle a su esposa, por favor... ¿Es la hermana de Ana, no? -le pedí.

-No, pues es que ella está muy ocupada... la verdad.

-Acaba de llegar con usted... Llámela por favor.

-No, pues es que dígame a mí las cosas... la verdad...

-Ya le dije: esta computadora es de Ana. Se la regaló un grupo de personas que se dedica a ayudar niños con ganas de salir adelante -le eché crema a los tacos para ver si así me ganaba su confianza. El hombre entró a la casa, cerró la puerta, me asomé entre la cortina que papaloteaba con el viento, pero no vi nada. A los dos o tres minutos, el hombre salió con una libreta.

-No sabemos nada de eso, la verdad. Luego qué tal si nos lo cobran o algo. Apúnteme aquí todo lo que me está enseñando en su teléfono. Pero no sabemos nada... la verdad.

-¿Pero no saben nada de qué?

-De la computadora...

-Ya le dije que es de Ana. Se la estamos regalando. Es una donación. Le estoy tratando de mostrar las pruebas y no las ve.

-No pues no. Mejor apúnteme eso y váyase -y me extendió el cuaderno. Me sentí como cuando dicen que quedas con el chile adentro del coraje.

Apunté mi cuenta de Twitter y el link de mi blog. Y me fui medio encabronado.

La verdad sí me agüité gacho. También me sentí bien pendejo. Pero bieeen pendejo. Retumbaba en mi cabeza la frase esa de: "El acomedido siempre queda mal". Me puse a pensar en muchas cosas: que tal vez había errado en la forma de entregar el donativo; que me había faltado diplomacia; que debí ir acompañado; que si debió ser con bombo y platillo y cámaras y entrevistadores y toda esa faramalla de la televisión, para hacerlo creíble; que si de tan buena que era la intención, se veía sospechosa; que tal vez pensaron que yo era un empleado del DIF y les iba a quitar a los niños por tenerlos encerrados y trabajando; que tal vez pensaron que era un viejo degenerado; que si... un chingo de cosas en las que pensé y me atormenté por un rato. Pero pues eso lo hubiera pensado antes, ¿no? La verdad no hubo logística de entrega ni anduve pensando en lo que pudieran pensar o sospechar los familiares o la gente, pues me ofuscó la emoción de la buena acción y de la respuesta de la gente que había colaborado, que estaba tan entusiasmada como yo. Pero pues bueno, para la otra ya sé.

Después de otro intento en el que no había nadie en el departamento, decidí mejor entregar el donativo a otro niño que también lo necesitara, para no andar batallando con sospechosismos ni gente grosera ni darle largas que se pudieran interpretar como jineteo de lana. En resumen: Anita se chingó, y pues qué lástima. Total que puse la mala experiencia en Twitter y de volada salieron varios candidatos. El más interesante me resultó éste, que, aparte, comprobé que varias personas sabían del proyecto y conocían a quien me lo estaba planteando, cosa que me dio confianza para ya no salir con otra sorpresa o mal sabor de boca:
Y pues bueno. Al parecer ya se resuelve esto pronto. El lunes voy a ir a una escuela del municipio de Escobedo a hacer entrega del donativo. Comoquiera la computadora caerá en buenas manos y será aprovechada, ténganlo por seguro. El dinero que falta de usar, veré en qué se puede invertir, pero tengan la tranquilidad de que lo usaré sabiamente.

La neta que me estresa mucho tener dinero que no es mío. Yo creo que esa fue la parte más difícil de esta actividad: que la gente que me lee confiara su dinero para una buena causa y que, en el momento en que no se pudo concretar con la persona a la que iba dirigida -persona que provocó ese sentimiento de ayuda en mis lectores-, me tensioné por todo lo que implica manejar dinero que le entregan a uno así nomás, de buena voluntad y fe ciega. Pero bueno, sé que si depositaron vía PayPal -a veces sin avisarme- o directamente en mi cuenta bancaria, fue porque confían en mi palabra, cosa que agradezco infinitamente, snif, pues sé que para muchos es aún difícil ganarse la confianza de personas a las que se conocen sólo por sus redes sociales. Por eso les repito: muchas gracias, de corazón se los digo; gracias por haberme permitido lograr eso.

Seguimos en contacto. 

lunes, agosto 22, 2016

La niña que vende tostadas y ha leído más libros que el presidente (segunda parte)

Aunque el mundo a veces nos parezca una porquería, sigue habiendo gente que mantiene viva esa cosa que llaman "Fe en la Humanidad". Personas sensibles y generosas que se conmueven de sus semejantes, sobre todo de aquellos que aparentemente han nacido o vivido en desventaja -por diferentes circunstancias-, pero que, a pesar de esto, buscan ser ciudadanos educados y de bien: algo de lo que pareciera carecer el mundo en estos días.

Hace poco más de una semana les compartí la historia de Ana, una niña de 11 años que vende tostadas en un triciclo frente a la Plaza de la Luz, en el centro de Monterrey. Lo "curioso" de Ana es que tiene una afición especial por la lectura. Sí, a Ana le encanta leer y su sueño es tener libros y más libros para seguir leyendo por el puro gusto de hacerlo. Y digo que su caso "es curioso" porque vivimos en un país en donde casi nadie lee; un país representado por un tipo frívolo que no ha leído un solo libro en su vida y llegó a ser presidente con todo y que plagió su tesis universitaria (y para quienes digan que de nada sirve leer, lean este artículo). Por lo tanto, querer ser ciudadanos cultos y de bien es casi casi un acto revolucionario hoy en día.

Compartí la historia de Ana en mis redes sociales como comparto casi todo lo que me sucede, y la verdad no esperé que tuviera el impacto que tuvo. La anécdota de la niña de 11 años conmovió a varios de mis lectores, generando una marejada de mensajes por Twitter y correos electrónicos pidiéndome una cuenta donde se pudiera donar dinero o una dirección a la que pudieran enviar libros, peluches, ropa o cualquier otro tipo de ayuda. Por eso les digo que sigue habiendo gente que mantiene viva esa cosa que llaman "Fe en la Humanidad". Y pues es muy bonito, snif. Total que una anécdota en la que yo iba a regalar unos libros y $200 pesos y que pensé que no pasaría de ahí, se convirtió en una pequeña causa social a la que se sumaron varias personas y en la que tenemos la oportunidad de cambiarle un poco la vida o aligerarle la carga a alguien.

Bueno, primero que nada, les mostraré los donativos económicos que he recibido, pues manejar dinero ajeno me parece una cuestión muy delicada, por lo que pondré los nombre de quienes donaron y las cantidades, más que nada para transparentar esta acción y evitar malos entendidos.

Esto es lo que hasta el día de hoy he recibido en mi cuenta de PayPal:
Y esto es lo que han depositado directamente en mi cuenta (si me falta alguien, díganme, porque no siempre me avisan por correo de los depósitos):
Total que van poco más de $5,000 pesos (cinco mil pesos 00/100 M.N.) para la causa de Ana, más lo que yo voy a aportar.

Y pues bueno, como les platicaba, el martes pasado volví a visitar a la niña lectora que vende tostadas frente a la Plaza de la Luz y le platiqué que había compartido en mis redes sociales su gusto por la lectura, y que su caso había sido todo un éxito, pues muchas personas se habían ofrecido a ayudarla económicamente y con libros.

Saqué mi teléfono y le mostré la entrada de mi blog en donde hablo de ella. Después le enseñé las capturas de pantalla de las personas que han hecho donativos. Le dije que ya tenía un montón de libros, y se llevó las manos a la boca, mientras soltaba un grito de emoción. Por último le mostré la cantidad de dinero que va acumulado. "Todo esto es tuyo", le dije. La niña no lo podía creer. Se reía sin parar, luego se tapaba los ojos y volteaba para otro lado, como si se le fueran a salir las lágrimas, pero se aguantaba y negaba con la cabeza y se seguía riendo. "¿Qué te hace falta, Ana?", le pregunté. "Este dinero es tuyo. Dime qué necesitas y, si se puede, te lo compramos". He de confesar que batallé para convencerla que me dijera qué le hacía falta.

-Nunca nadie me ha regalado nada -dijo-. El dinero de mi uniforme ya lo tengo separado. Y los libros de mi escuela son gratis.

-Sí, Ana, pero este dinero es para ti; la gente que leyó tu caso se sorprendió de que haya niñas como tú y quieren apoyarte para que sigas leyendo y estudiando y compres algo que te haga falta: puede ser otra cosa que no sean libros: cosas de tu escuela, no sé... Pero dime, si no voy a tener que devolverlo, y es tu dinero -le dije, y se seguía riendo y negando con la cabeza. 

Me contó que el triciclo de las tostadas era de su cuñado. Que recibe un sueldo semanal por trabajarlo. Que va a pasar a segundo grado en la Secundaria número 4, la Lic. Miguel Alemán Valdez, muy cerca de ahí; en el Barrio Antiguo. Su hermana es quien le paga la escuela.
La verdad me sorprendió la actitud de Ana: reacia; no desconfiada, pero sin jugar a la víctima o a la limosnera. Como que muy diga. Decía que no y que no necesitaba el dinero.

-La semana pasada me compré unos zapatos y una bolsa: fueron como 1000 pesos en todo -me dijo con orgullo.

-Bueno, la cosa es que si podemos ayudarte con eso, ahorres tu dinero -le dije, y se reía.

-No sé qué decirle...

-¿Qué te falta?

-Nada... No sé...

-Bueno, vengo el jueves otra vez. Dale una pensada y me dices qué onda, porque si no voy a tener que regresar el dinero.

El jueves regresé. Le entregué un montoncito de libros que me han donado. Se emocionó mucho. Le dije que venían en camino más, y se emocionó más. Hasta me pidió permiso para darme un abrazo. Me reí y me abrazó. Me confesó que "los de miedo" también le gustaban mucho al ver la portada del libro de Poe.
-¿Ya sabes en qué quieres usar tu dinero?

-Nunca he tenido una computadora. Me serviría para leer y hacer mis tareas y usar Internet en la escuela. Y mi celular ya no funciona.

-Excelente.

Pues Ana quiere una computadora y un celular. Creo que ya completamos algo de eso.

Continuará...

jueves, agosto 11, 2016

La niña que vende tostadas y ha leído más libros que el presidente

En la Plaza de la Luz, frente al Banorte, se pone un triciclo con una lona anaranjada para cubrir el sol. Ahí, una niña vende tacos, tostadas y chicharrones de harina preparados con frijoles, repollo, diferentes tipos de salsas y cueritos con vinagre y pico de gallo. A veces que tengo antojo o salgo del banco después de depositar millones de wones norcoreanos, voy a comerme un par de tostadas o un par de tacos de papa: mis favoritos. Me ha tocado ver tantos clientes que para las 6 de la tarde -la hora del antojo feroz- ya no tiene nada para vender, cosa que me da mucho gusto, aunque me quede con hambre, snif. Digo, el sabor no es cosa de otro mundo, pero están bien para matar el hambre. También vende aguas naturales de tamarindo y de piña. La primera sí está muy buena.

La niña siempre había sido muy seria: de ésas que te esquiva la mirada porque siempre está viendo para abajo; hasta el lunes pasado, que decidí ir por tres tacos de papa.

-¿Y usted cómo se llama? -me preguntó después de entregarme los tacos.

-Gustavo. ¿Tú?

-Ana. Mucho gusto, señor Gustavo.

-Mucho gusto. ¿Cuántos años tienes, Ana?

-Once.

-Te ves más grande -dije, y sonrió.

Siempre pensé que era mayor, pues es alta y su rostro es de aspecto duro, con los párpados caídos, como inexpresiva; características que, creo yo, le roban su aspecto infantil. Ana me platicó que es huérfana desde los 2 años, que nació en Ciudad Valles pero vive en Monterrey -con su hermana- desde casi recién nacida, y que quien atiende el triciclo cuando ella no está, es precisamente su hermana. Le quise platicar que pasé muchas de mis mejores vacaciones en Ciudad Valles y sus alrededores, pero la verdad me ofuscó saber que desde tan niña había quedado huérfana y se había venido a Monterrey. Supuse que Ciudad Valles ni siquiera era un recuerdo para ella, y que mis vacaciones en su tierra le importaban un carajo; por lo que decidí mejor quedarme callado, comiéndome mi segundo taco.

-¿Y a usted le gusta leer? -me dijo. Esperaba cualquier otra pregunta, menos ésa.

-Sí, ¿cómo sabes? -respondí sorprendido.

-Es que a mí también me gusta leer.

-¿A poco? ¿Y qué has leído?

-Pues más que nada novelas románticas -se ruborizó al decir esto, para después agregar con mucha seguridad en su voz: "Y un poco de todo".

No me lo podía creer. ¡Una niña de once años que vende tostadas en la calle, con el hábito de la lectura! Estaba frente a un milagro moderno.

Ana me platicó que había leído todos los de John Green, la saga de Crepúsculo, Mujercitas, algunos de poesía y no recuerdo qué tantos más. Dijo que en la primaria le pedían hacer resúmenes de libros infantiles "muy cortitos": su tarea favorita. Y yo, seguía sorprendido.

Cuando le pagué y me despedí y le dije muy metido en mi papel de papá Guffo que qué bueno que leyera, que no dejara ese hábito, que le iba a regalar unos libros y que bla bla bla, me pasó un cuaderno y una pluma:

-¿Me puede apuntar aquí sus libros favoritos?, para buscarlos en el ciber... -y le apunté a Twain, Salgari, London, Dr. Seuss, Fante y muchos más.

Ya de regreso en casa decidí escribir la anécdota en Twitter, como siempre que me pasa algo digno de platicarse, y la verdad no me esperaba la reacción tan chingona de la gente que me lee:
Libros que me han donado.
La próxima semana les platico la continuación de esta historia.
Muchas gracias a todos.

miércoles, agosto 03, 2016

Estar con alguien

Cada que alguien se pregunta qué hace una persona con otra, supongo es porque ellos saben muy bien la razón por la que están con alguien cuando están con alguien.

¿Cuántas veces no hemos escuchado o dicho las típicas -y a veces prejuiciosas- frases: "¿Qué hace esa chava tan guapa con ese hombre tan feo?", o: "¿Qué hace ese güey tan buen pedo con esa vieja tan sangrona?", o: "¿Qué hace ese patán con esa chica tan trabajadora?"? Y a veces nosotros mismos nos respondemos: "Pues sus motivos tendrán...".

Posiblemente exista un interés por parte de alguno, una atracción física intensa, una zona de confort, miedo a estar solos, alguna dependencia física, económica, psicológica, emocional o fines meramente reproductivos. Qué sé yo. Lo que sí creo es que estar con alguien a veces "va más allá", y ese "va más allá" está lejos del entendimiento de muchos.

Nos han "enseñado" que para estar con alguien debe haber ciertas reglas sociales, culturales o naturales: el guapo con la guapa, el feo con la fea, el mayor con la menor (pero no taaan menor), el rico con la pobre bonita, la rica con el rico guapo o el millonario feo y viejo o el pobre guapo y con labia. La cosa es que siempre tenemos que buscarle un razón a esa unión. Queremos creer que para estar con alguien debe haber un tipo de acuerdo, reglamento, tratado, convenio, negociación, camino, meta en común u objetivo en particular; y que eso del amor puede sonar muy bonito, pero como que no aplica, y hay que dejar de lado el romanticismo y la cursilería, pues aquí no caben, y algo tan sencillo como querer disfrutar la compañía de alguien en especial no es razón suficiente para estar siempre a su lado. Y sí, ok, "la vida real" nos ha mostrado que casi siempre es así, snif.

Y al tocar este tema me acuerdo de una pareja en particular. La conocí durante el período en que trabajé en seguridad pública. Eran casi indigentes. Vivían en una casa de techo de lámina y parches con tablones de madera. El hombre estaba desempleado (a veces hacía trabajos de albañilería) y lo detenían a cada rato por faltas administrativas: orinar en vía pública o andar intoxicado. A veces caía también por robar cocacolas y frituras de las tienditas del rededor. Una vez robó en una Bodega Aurrera no recuerdo qué, pero el gerente no quiso proceder. Se le dieron 24 horas de arresto, como todas las veces anteriores, y salió al cumplirlas.

Su mujer siempre iba por él. No pagaba la multa porque no tenía dinero, pero ahí lo esperaba afuera de las instalaciones de la policía, sentada en la banqueta. A veces le llevaba tacos. Cuando se los entregaba, me preguntaba por ella. Me decía que si estaba ahí afuera. Le decía que sí. Me pedía que le dijera de su parte que la amaba.
A veces la mujer se hacía encerrar con él. Manoteaba con los policías a propósito para que a ella también la detuvieran. Los encerraban separados y se gritaban de celda a celda toda la noche. Una vez el hombre se agarró a golpes con otro detenido que le estaba gritando insultos a la chica. Les dieron 12 horas más de arresto a ambos por mala conducta. La mujer salió primero. Al firmar su boleta de pertenencias (traía sólo una liga para el cabello y dos agujetas), nos pidió algunas monedas a mí y a unos polis para ir por unos tacos para su pareja. Me los entregó, se los entregué al detenido y lo esperó afuera, sentada en la banqueta, como de costumbre. Me llamaba la atención que siempre estaban como que desconectados; como que "muy metidos en su pedo", por decirlo de alguna manera. Y no porque a veces anduvieran intoxicados con tolueno. Era algo raro. Una conexión/desconexión difícil de explicar.
Cuando abría el portón para que el hombre saliera, alcanzaba a ver a lo lejos cómo ella se ponía de pie de un brinco y se le dibujaba de lado a lado una sonrisa. Se abrazaban, sacaba un refresco de 500 ml. de una mochila verde con el logo del PVEM, se lo daba, se tomaban de la mano y se iban. La chica parecía contarle mil cosas entusiasmada mientras él bebía de la botella de plástico y caminaban calle abajo. Yo veía sus siluetas alejándose con el sol de frente.

La última vez que los vi, el tipo cayó por robo con violencia. La mujer fue a buscarlo, como siempre. Habló con la juez. Ésta le dijo que lo iban a trasladar al penal; que posiblemente no saldría pronto. La mujer se quebró y empezó a gritar que no se lo llevaran. "¡¿Qué voy a hacer sin él?!", decía. Un policía se quiso hacer el gracioso y le dijo: "¿Qué vas a hacer? Pues conseguirte otro güey que sí sirva pa´algo, mija". La chica lo ignoró y siguió gritando que no se lo llevaran.
Con el tiempo aprendí a diferenciar entre quienes hacían teatro por llamar la atención o salvarse del arresto y a quienes eran sinceros. Los que hacían teatro se aventaban al suelo, se golpeaban la cabeza y fingían desmayos o ataques para que llamaran al doctor. La chica simplemente lloraba desconsolada, con un sentimiento tan profundo que le arrebataba el aire.

Me pareció desgarrador ver cómo dos personas que uno supone no tienen nada que ofrecerse, tuvieran esa conexión que pocas parejas tienen. Ellos eran todo lo que tenían para ofrecerse a ellos mismos. Antes de ser trasladado, el hombre me preguntó detrás de la celda si su mujer estaba ahí. "Sí, como siempre", le dije. Se hizo un ovillo en el rincón y se puso a llorar.

Esas imágenes me quitaron el sueño varias veces. Muchas noches me quedé pensando en ello y en toda esa gente que cree tener muchas cosas para ofrecer y ni así llega a tener ese grado de conexión que vi en esta pareja. El amor en la miseria existe y es desgarrador porque parece ser más honesto, pues -aunque suene cursi y trillado- se está con alguien por lo que es, no por lo que posee. Y para muchas personas, eso va más allá de su entendimiento y de su sentir.